domingo, 23 de julio de 2017

FANTASMAS


     Siempre paso frente a ella, frente a esa casa. Dicen que la habitan fantasmas pero yo, que la he visitado, puedo afirmar que es mentira, no los hay. A diario me detengo y la miro, no quiero volver a entrar, ya lo he hecho otras veces. No me asustan los fantasmas que sé que no están, lo que me asusta es pensar que ellos no sean capaces de verme a mí. 
      La esencia del miedo vive en lo que uno no ve.

Oscar da Cunha
23 de julio de 2017

Gymnopédie Nº 1 (Erik Satie)
* Se sugiere escuchar completo. Y salir.

domingo, 16 de julio de 2017

ENTRE EL ALBOROTO

A ella todavía se la ve muy joven, a él un poco menos pero se le oye más. Discuten. Hay gente por el paseo, con poca ropa, y el bullicio prefiere la sombra. Aun así se les escucha y no lo parece porque nadie mira. Tal vez sea por mar o montaña, pero intuyo que de eso ya hubo antes y quizá ahora sea por menú o carta.
            Me distraigo corriendo tras la mujer a la que he visto salir del cajero al que he llegado a tiempo para encontrar una tarjeta olvidada. Acabo de ganar una sonrisa de agradecimiento y qué fácil ha sido. Le preocupa más su cabeza porque los despistes aumentan, y yo me encojo de hombros mientras me río recordando que los míos dejaron de empujar cuando descubrieron que ya no quedaba sitio. Siguen discutiendo, más alto y él ha dejado de apoyar las manos en la cintura. Los señala y me pregunta con su mirada tan apretada como un pase de Manolete. Y tiene razón cuando me corrige por buscarles una excusa, en cuanto se descorcha esa botella hasta el mejor caldo termina en vinagre. La tolerancia amaña su propia alquimia.
            En la esquina hay un perrillo con los ojos despistados. Intenta convencerse de que se ha perdido mientras busca explicaciones que nunca encontrará porque por su imaginación no pasa un tren con destino Abandono. Recuerda que se hizo pis cuando era chiquito, y ahora que ha aprendido, el miedo está a punto de reventarle la vejiga pero no se atreve a echar ni gota. Sabe comportarse en un mundo de humanos donde son los humanos a los que les falta vergüenza. Y va entendiendo, sin conocer a Darwin y saber que se equivocaba, que no mandamos nosotros por adaptarnos mejor a los cambios sino por ser los más despiadados para esquivarlos. Ellos han elevado el tono y cuando dos gritan ya no es discusión, es un desafío para ver quién impone sus razones aunque se vaya alejando de tenerlas. Noto un estremecimiento en el animal y me acerco para consolarlo, pero no son mi mano ni mi voz las que su soledad está esperando. Ya nunca le llegarán las desagradecidas que lo han despreciado, porque los perros no son incómodos para el verano y tal vez el calor sea la excusa que utiliza la dignidad para marcharse de vacaciones, y no volver a donde no es bien recibida.
            Ahora hay alboroto delante del puesto de los helados, y esos enanos cabrones parecen venir configurados de fábrica para desenvolverse en estos nuevos tiempos de codazos y empujones. Tienen suerte de nacer más espabilados y sin pretensiones de cambiar el mundo, les basta con el que ven y saben que se va a tratar de pillar hueco para sobrevivir. Ellos no tienen la culpa, es incluso peor, pienso al verlos, todos han sido víctimas de un parto sin piedad. Desterrados en esta pesadilla de sociedad que hemos ido fabricando nosotros, los de la generación anterior, los que sí soñábamos con cambiar el mundo y sólo somos capaces de generar más ejemplares para que en el reparto nos toque un trozo más pequeño de mierda. No les importa la discusión que ahora se ha convertido en bronca y manos que van muy deprisa, tal vez les parezca una más de las que padecen cada día. Y me preocupa que con los años les resulte indiferente, y esos enanos se conviertan en protagonistas de lo que ya han asumido como un acto cotidiano. La forma de malvivir a la que se la pimpla el relevo generacional.
            Gente que pasa, pero no pasa porque se dan la vuelta para mirarla de espaldas. La chica luce un playero vestido transparente que no se anda con insinuaciones, tampoco es cuestión de agradecerle que su tanga negro no lleve parte de arriba, pero de una sonrisa y un vistazo de frente no me apeo, y esos ojos rubios me confirman que ella lo prefiere. Algo me dice que entiende de miradas y esquinas tan oscuras como las intenciones de muchos; que el cielo la juzgue porque yo no llevo suelto, y aunque ahora todos lo hagan gratis no es mi estilo, y tampoco las tengo conmigo en salir ileso de los tribunales.
            Un grupo con sus tablas de surf. El viejo que lee el periódico a pelo y sentado en el banco bajo la sombra, y me jode, porque yo sin gafas no puedo ni en el tendido de sol. Suena un móvil con la canción del verano, debe de ser un modelo vintage porque aquel verano de la canción a mí todavía me planchaban los pantalones cortos. Cruza una pareja en bicicleta, seguro que son polis, salvo ellos nadie pedalea despacio y por el carril donde no haya peña que avasallar. Una lata de Pepsi rodando por el suelo, no es la única pero a las otras no les distingo la marca. Dos que se saludan con alegría, todavía queda no perdamos la esperanza. Tres que van de la mano, eso es vicio. El del chiringuito está asando sardinas pero huelen a plástico, será por el flotador, cosas de la normativa. Y entre el jaleo dejo de oír sus gritos porque ya los ha sustituido la hostia que nunca es sustituto de nada. Ella se tapa la cara y de él veo una espalda cobarde que huye. Yo también tuve primos en las cavernas y no me faltan las ganas de ejercer, pero hay que escoger y ella todavía tiene arreglo. Me detiene una mano que agarra mi brazo, sin fuerza, aunque al girarme entiendo que aprieta. No sé entre cuáles de sus arrugas están esos ojos tristes que me miran, que me piden que no vaya y la deje sola, que ella tuvo la desgracia de ser consolada muchas veces, y que ese consuelo es traidor porque le acompaña, después, el impulso de reincidir. Asiente con una cara erosionada por demasiada vida en la que una lágrima tiene un complicado recorrido y comprendo su gesto.
            Miro hacia la joven que continúa solitaria y le pido al mundo que por una vez no sea cabrón, que se pare y que la aísle, que la deje ganar la partida.

            Para Carmen.

Oscar da Cunha
16 de julio de 2017

miércoles, 21 de junio de 2017

LA LEYENDA DE LA CHAMBRE D´AMOUR

Sabina y Lander no se conocen. No lo saben, pero ellos van a ser los protagonistas de una leyenda que ha conseguido y seguirá arrancando muchos besos en las parejas que se pasean por ese rincón donde la Côte Basque y la Côte d´Argent también se cortejan. Si entre Biarritz y Anglet se te escapa un suspiro, tienes la suerte de haber comprendido los misterios del querer.
            A ninguno, todavía, su vida le ha contado que han nacido para encontrar en los ojos del otro el cristal que refleja eso a lo que se le da muchos nombres, cuando es tan sencillo decir sólo por ti. Ambos son jóvenes y creen que no hay dos mañanas iguales. Ambos, aún, ignoran que lo que importa no es la luz del amanecer sino que esta consiga que, aun cuando haya dos sombras, aquel que entienda de mirar sólo vea una. Sabina y Lander no saben que han nacido escogidos para perpetuar una historia para que los demás, por si alguna vez hemos dudado, ratifiquemos que aunque el amor tal vez no sea lo que mueva el mundo… Algo falla en mi frase anterior para que sí le pertenezca la exclusiva de hacerlo.
            Como cada nuevo día cuando se sacude la sábana de la noche, Lander cumple con su ritual: competir con el alba. Es su reto amable pero determinante, y aparezca aquel como decida, nunca lo hará con esa fuerza que la naturaleza no ha conseguido para doblegar su esperanza. Ya ha vencido a dieciocho inviernos, en soledad y sin vender su sonrisa. Imagina que es huérfano porque se lo han contado pero él no lo siente, en sus recuerdos no hay presencias que le permitan entristecer ausencias. Quienes siempre lo han llamado pobre no saben de ilusiones; quienes sólo han visto hogueras no entienden de fuego, y no importa que en su humildad él no lo luzca, su corazón conserva la materia prima que encendió la llama inicial ante la que, quizá, pese a no haber nacido aún la palabra, el primer humano acertó a expresar que necesitaba de otro. Enfunda en los bolsillos de su fiel pantalón vaquero unas manos curtidas por el duro trabajo en la mar, estira los hombros y lo dejamos contemplando cómo el horizonte y él se disfrutan.
            Sabina es estudiante, acude a la escuela donde descubre ese ballet por las ideas que otros se empeñan en llamar Filosofía. Su acomodada familia persevera en mantenerla bajo asedio para que asuma la condición que le corresponde, pero por más que algunos discriminen rangos ella acumula semejantes, Sabina no ejerce de pija. Es de lágrima justa, desde que agotó las que aún le sigue debiendo a ese inseparable vagabundo que decidió escoltarla a través de su infancia; quien le enseñó que no hacía falta marca ni certificado de origen, sólo una mirada y cuatro patas para ser por siempre confidente de su alma. Desde que continúa poniendole flores y añorando que él no pueda verla hecha mujer cuando ella aún le espera, mientras el tramo de cada día se hace más breve, animándole con un entristecido ¡allez mon vieux! Y una cariñosa sonrisa que sabe de despedidas.
            Todavía es una madrugada de chaqueta y Sabina ha olvidado la suya —la memoria es algo que se nos va añadiendo con la nostalgia—. Hoy no ha podido resistir la tentación de ver la danza sobre el océano, como un tango (ese pensamiento triste que se baila) en el que el faro con su último destello se abraza al primero de la aurora. Y vuelven a retrasar el paso final para mañana.
            Lander se pierde esa amanecida, y las que vendrán. Tal vez sea que la de Sabina consigue apagar el día, o acaso ya no necesita buscar más la luz que cada noche trazaba caminos en sus sueños y durante el trabajo le esperaba entre sus viejas mantas. Ella descubre cómo en su voz habla el mar cuando es sincero, y en su mano el roce de toma la mía y hasta donde me lleves. Y deciden ir juntos a ese territorio en el que lo de fuera no importa, donde besa la mirada mientras los labios están ocupados en explicar cosas pequeñas, cuando la piel se enamora incluso del poco aire aunque ya no quede entre ambos y la imaginación se ha marchado sin que ninguno la eche en falta.
            El acantilado, que está aburrido de malos hablares, les ha preparado una bahía despintada de los mapas que amaña para uso de los desprecios cuando persiguen dónde dejar caer el ancla. Allí sus encuentros son diarios y furtivos, encuentros para no perder su alma, para no perderse como la sociedad de fuera que en cada generación sólo aspira a repetirse, envejecida, adocenada y sometida a los caprichos de la envidia por quien pretende la fruta del cesto que no le corresponde. ¡Como si en los cestos enraizara sus parras la uva!
            Pero el océano, que no se lleva bien con los amores imposibles y es salado porque acumula demasiados prometeres convertidos en lágrimas, los contempla con un profundo suspiro cuando ya ha tomado su decisión. Y se los lleva para dejarnos… algo más que el dulce recuerdo de un profundo te amo. ¡Cuánto enseñan de sentimientos la roca y el mar!
Hoy se conserva esa gruta que nunca está vacía para el que sabe mirar. Y una placa habla de su leyenda que tal vez sólo lo sea pero eso no importa. Un homenaje para todos los que se han arriesgado a querer y también encuentran su nombre en la Chambre d´Amour.

Oscar da Cunha
21 de junio de 2017 (Solsticio de verano)

miércoles, 7 de junio de 2017

UN LIMPIABOTAS Y UN LAGARTO DE COLORINES

Es una mañana de julio y Barcelona se viste de calor, o a mí me lo parece, porque esas minifaldas tan cortas procuran que camine por una ciudad llena de monumentos aunque yo sólo me fije en el andamiaje.
            No recuerdo qué edad tengo, conservo la suficiente para que consiga disfrutar de un paseo junto a mi padre, y demasiada para aceptar ir de su mano. Seguramente me encuentre por encima o por debajo, no obstante, vistos desde hoy, los nueve y medio me vienen cómodos. Es lo que me gusta del pasado, puedes hacer retoques y quedarte con la versión adaptada.
            Observo que a él le sonríen, muchas, acaso se trate de una moda de la época; pero cuando empiezan a pasar los años y cambiar las modas, llego a la conclusión de que a las mujeres les gusta ver piel en la cabeza. Y una gran nariz. Después he conseguido entender que tan sólo fueron épocas preocupadas por mantener de moda las buenas costumbres, conversar en las comidas, y los buzones de Correos.
            Hemos pactado visitar el Parque Güell pese a que yo sigo prefiriendo el Zoo, pero los cocodrilos a la tercera ya te saludan y ese lagarto de colorines aún no me conoce.
            Callejeamos. Según mi padre, la naturaleza no comete errores, y no es cuestión de afearle que nos concediera un par de suspiros más de inteligencia que a las ratas para ahora imitarlas recorriendo alcantarillas. El metro descartado. No me convence el argumento aunque como sombra yo también prefiera la de los árboles. En el colegio me vendieron que nos encontramos en la cima de la pirámide evolutiva, pero yo me sigo preguntando para qué. A las aves se les otorgó alas y vuelan, aletas a los peces y envejeceré envidiando su habilidad en el mar; luego me lo pienso mejor al saber que somos los únicos capaces de construir máquinas que nos sustituyan, tal vez encontremos una razonable utilidad para nuestra inteligencia cuando ya no nos necesiten.
            Sobre el adoquinado de uno de los chaflanes vive un limpiabotas. Él insiste y yo no estoy convencido de que me haga falta, me conformo con sentirme seguro de que no me lo merezco. Mi padre ve una oportunidad y presiona. Es verano, de momento son escasos los años y para esa revolución que ya me imagina todavía me queda grande el traje. Sólo descanso un par de jardines ya jubilados más tarde, cuando mis zapatos vuelven a recuperar el polvo que considero apropiado.

Ahora se me entromete la nostalgia siquiera después de tantas cosechas, hay dos cosas que no he vuelto a tener: ni la misma edad ni otro par de zapatos blancos. Pero la que realmente añoro es la compañía.
            Hoy, no la he olvidado y puedo ver su sonrisa, horas después, cuando la cena. Cuando me pregunta y yo me disperso entre el banco ondulante, el pórtico de la Lavandera o el viaducto del Algarrobo. Y él niega con la cabeza sin que sus labios pierdan esa curva que acerca los bordes a sus orejas. Cuando me habla de que la lección del día no va de arquitectura, trata de los propósitos y del sudor para que la vida no te condene a terminar agachado en una esquina limpiando zapatos. Yo me abstengo pero no otorgo. Y ahora que toca recordar sonrisas, lástima que él no vea la mía porque no supo mentirme.
            Me he concedido muchas vueltas por ese parque, y aunque sin su compañía tampoco he podido esquivar la de la del limpiabotas. Con nueve y medio lo empezaba a intuir, el resto del camino me lo ha confirmado. No importa el cómo sino el para qué.
            He visto a muchos hombres ganarse la vida honradamente agachados, sin humillarse, sin esconderse. Y he sabido de los cada vez más que se agachan con reincidencia a escondidas. No, no son cosas de la vida, cada uno elije cómo talla su piedra. Tal vez algún día me toque escoger esquina, y no me preocupa porque el betún sólo mancha las manos pero no las ensucia. Y, como otros muchos, sé que he perdido oportunidades, pero salí aprendido de lo que contenía aquella sonrisa de mi padre: "Cuando sea necesario, hasta para comerte ese lagarto de colorines, pero nunca te agaches para chupar culos".

Oscar da Cunha
7 de junio de 2017

miércoles, 17 de mayo de 2017

UN VASO DE AGUA

            De esto hace ya… Vaya, no lo recuerdo. Supongo que paseaba por esa estúpida edad predestinada a convencerte de que ya no te queda nada por aprender y miras con cierto desdén a los que lucen canas; te preguntas por esa sonrisa condescendiente que te dedican, y por qué atractivo pudieron verle a las hebras blancas para ser tan ambiciosos con su propios errores. El tiempo no lo cura todo, es un tramposo que simplemente te permite que vayas apostando por las más arriesgadas elecciones personales; de vez en cuando hace una pausa para que abras el cajón de tus momentos oxidados y compruebes que todos aquellos cretinos que se equivocaron llevaban tu cara. Si vas entendiendo este juguete al que se le llama vida, empiezas a admitir que ninguno de ellos ha sido prescindible; somos otra más de esas especies animales que no aprende con consejos sino con sopapos. No se pueden hacer retoques en el pasado pero, salvo que en lugar de a través de parto natural seas uno de los escogidos de entre el catalogo de los reincidentes, todavía te quedan opciones para continuar hacia el fin de curso sin haber causado más daños que los de a ti mismo, y eso ya es un éxito.
            No, como decía no recuerdo cuándo pero sí cómo. Y con los años entendí para qué. Creo que fue por aquella época en la que empezábamos a descubrir las ventajas de la telefonía móvil; cuando te llevabas el aparato del salón a tu almacén de futuros testigos de yo también fui joven, y cama, porque ya te habían instalado clavija para enchufarlo. Se acercaba una de esas borrascas del Cantábrico que tanto presumimos de disfrutarlas los del Norte mientras soñamos con el Sur. Carecíamos de los modernos teléfonos inteligentes que la anunciasen y echábamos mano de nuestra propia inteligencia; al fin y al cabo, la misma que utilizaban nuestros compadres de las cavernas para decidir quedarse dentro, haciendo monigotes en las paredes mientras esperaban a la invención del paraguas: Observar el mar. Se había encendido en modo entra si los tienes bien puestos, y yo me encontraba en esa edad en la que lo mejor que tienes puesto es el a mí con esas.
            Preparé mi vieja tabla; por aquí y entonces sólo las había de importación y viejas, y la experiencia que ellas traían de otros mares era la única parte del precio que no podías negociar. Se hacían de querer, les dedicabas tanto tiempo dentro del agua como fuera. Ahora no. Ahora cualquier remiendo te lo apaña uno de esos vagos que se piensan que saben vivir por dedicarse a lo que les gusta con tiempo libre para los que quieren. Te atienden desaliñados de cualquier manera porque para buenas maneras les basta con las que llevan en la mirada; y tú te sacudes el polvo de la americana, no al salir, sino aún dentro de su chamizo con tal de no llevarte nada de esa mierda que sólo sirve para envidiar lo que te falta por haberte dedicado a todo lo que te sobra.
            Lo reconozco, me decidí a entrar sin la suficiente decisión y empecé a remar despacio. Dentro del mar a veces hay que confiar en la suerte, y darle tiempo hasta que se presente con una sólida excusa que te convenza de que sólo te has dado la vuelta para que no se te moje el tabaco. Y entonces apareció aquel tipo. Me alcanzó con la insolencia que conceden los restos de donde antes no faltó tanto pelo y demasiadas arrugas para una vida sin riesgos, que para eso tenemos sólo una y la libertad de por qué merece la pena jugársela. No le costó entender mi cara, me señaló ese horizonte, a menos de trescientos metros, donde las olas alcanzaban suficiente altura como para quitarle la roña a las puntas del tridente de Poseidón. Y me soltó con una sonrisa mientras se encogía de hombros:
            —Sólo es agua.
            —Sí, pero un par de mareas más de la que se necesita para ahogarse —le contesté.
            —Eso lo sabe una parte de ti, la misma que también se puede ahogar en un simple vaso de agua; ahora utiliza la otra.
            Remamos juntos, y dado que sigo por aquí, supongo que todo salió bien y al resto de la aventura no le tengo que añadir bajas. No lo recuerdo. Los chicos de tu cabeza que se encargan del mantenimiento de tu memoria hacen cosas muy raras; desprecian las circunstancias que alguna vez te pusieron al límite, pero no olvidan las palabras que te convencieron de que nunca debes ser tú quien se ponga límites.
            Han pasado los años y sigo bailando olas, aunque mucho menos y peor. Y la vida me sigue trayendo mareas en las que tengo que tomar decisiones. Entonces, me siento en mi esquina favorita —la mesa necesita una mano de pintura, pero mi mujer sabe que yo necesito que le falte y lo respeta—, coloco un vaso de agua y me dispongo a decidir qué parte de mí voy a utilizar. Sé que una sólo sirve para sobrevivir y es únicamente la otra la que me hace sentirme vivo. Tal vez los otros chicos de mi cabeza, los que se entretienen jugando con mi sensatez, anden un poco averiados, pero siempre termino haciéndoles caso porque saben que a mí nunca me ha interesado sobrevivir.

Oscar da Cunha
16 de mayo de 2016

lunes, 1 de mayo de 2017

ROSALEDA



             Conduzco y es por una vieja carretera; de esas, de las buenas. Uno de los muchos olvidados surcos de asfalto que el paisaje ya no recuerda cuándo lo admitió como suyo. Con insinuantes curvas, como las montañas que rodea y que para eso son hembras entre las que también merece perderse. No sé qué día es ni me importa porque trabajar no toca y voy despacio. Sólo utilizo las autopistas cuando los números del calendario están en negro y yo necesito jugar sucio por intentar ganarle la partida al tiempo, o porque tengo que sacrificar el recorrer por el llegar. El fin nunca justifica los medios, pero lo utilizamos como consuelo ante nuestra escasa imaginación para encontrar una buena excusa, aunque lo que nos falte sea valor para no necesitar excusas.
            Las ventanillas van abiertas y el aire entra con ese aroma a no tengo prisa. La compañía no es la mejor porque sea la de siempre, sino que es la de siempre porque aún recuerdo que tuve suerte y encontré a la mejor. La radio suena suave para que no haga falta perturbar la apacibilidad por un: ¡Mira ya han llegado los primeros vencejos! Y el sol tiene que hacer virguerías para esquivar las nubes atrapadas en la cuenca de ese río…, ¿cómo se llamaba? No me he sentido atraído por el letrero al pasar, seguramente algún cronista lo bautizó en honor a cualquier personaje histórico sin advertir la belleza natural que contenía; mejor, porque nosotros, que lo recorremos con los ojos abiertos, le pondremos uno de esos nombres que ya llevamos guardados en la memoria esperando a que el rincón aparezca.
            La radio emite esa canción y ella sube el volumen, un poco; siempre lo sube un poco después de que yo ya lo haya hecho, como ese pequeño toque de azúcar que la naturaleza delegó en nuestras manos para que la fresa del bosque consiga saber perfecta. Me pregunta si la recuerdo y yo le sonrío porque sonaba durante nuestra primera cita, no en el momento que nos conocimos sino al día siguiente, cuando empezamos a repetir, y llovía. No tengo edad para desperdiciar las ocasiones, paro el coche y le pido baile.
            Se me ha hecho tan corto mientras ya se despide la guitarra y yo intento cambiarle  un beso por… Un beso no se puede cambiar por nada, que para ensuciarlo ya tuvimos a un Judas.
            Y es entonces cuando veo que no estamos solos. Ese pequeño hueco en la ladera se ha llenado de coches aunque no sean más de cinco, y son otros tantos pares de abrazos los que ahora nos sonríen. Parejas con tinte en el pelo y canas. Me cae bien la escotada sonrisa del calvo, a mí nunca me salen así y sin pelo acabaremos todos. Intercambiamos miradas que no necesitan palabras, y huele a rosas pese a que no estén pero las cicatrices nos delatan. Nadie dijo que fuera fácil pero qué bonito es haber llegado con la intención de reincidir.
            Nos montamos en el coche y creo que ya le hemos puesto nombre al paraje, le llamaremos Rosaleda que es sinónimo de eso tan bello precisamente porque a veces también duela: Enamorarse.

Oscar da Cunha
1 de mayo de 2017



martes, 24 de enero de 2017

Cuenta la leyenda…

            El anciano se reclinó en los almohadones, cerró sus ojos concentrado, imaginando contarle a ese canto que lo acariciaba y su voz empezó, sosegada y cálida, como esa brisa que a nadie le importa de dónde viene sino que se quede.

            —Cuenta la leyenda que el mundo empezó cuando nació una niña. A continuación, todo se fue creando en torno a ella y según despertaban sus sentidos. Quizá las corcheas y semifusas se adelantaron para que aprendiese a utilizar su oído, y de entre todos los sonidos que surgían empezó a conocer la música, ese fue su primer amor. Les envidiaron la madera y el limón, celosos, y como no podía oírlos descubrieron la alquimia de juntarse con el agua para desprender vapores, y comenzó a oler. Pero percibió otros aromas, dulces y refinados que provocaron su más temprana embriaguez, y se le ocurrió la manera de llegar hasta ellos. Por eso abrió los ojos y se le fueron revelando los colores y las formas; lirios blancos y azules, rosas y amarillos, todos hacían bailar sus pétalos atrevidos o serenos, y también floreció su primera sonrisa. Y en el brillo de esa sonrisa y de sus ojos se inspiró el infinito para modelar el alma.
            »Sus primeros pasos fueron tempranos, inseguros pero valientes. Tantas sensaciones encendieron su imaginación, previamente como la luz de un lejano faro que le alcanzaba a ráfagas; después, como un amanecer contándole sobre un horizonte que nunca se apagaba porque contenía todas las luces y ella podría verlas si aprendía con el corazón. Y conoció las palabras y practicó con ellas hasta entender que era posible abrazarlas en una  armonía y esa armonía eran las ideas. Viajó con ellas y se enteró del mundo, y se enteró de que era un regalo. Le hablaron los mares, sabios, porque escondían los misterios de las profundidades, la caricia de muchas orillas y un amor en cada puerto. Compartió secretos con las montañas, mientras sus bosques le enseñaban que perderse era la manera de dibujar nuevos destinos. ¡Ay esos ríos! Rápidos y descarados, ingenuos como ella y siempre con prisa. De ellos aprendió que corriendo es imposible no olvidarse de algo, pero no conviene volver porque lo importante nunca se queda en el camino.
            »Practicó idiomas. Ese con tantas consonantes del león y del tigre. Los insolentes monos le enseñaron muchas maneras de reírse y el lenguaje de los signos. Con el águila descubrió que se puede hablar con la mirada, y en ella quedó fijada la promesa de prepararse para volar. ¿Cómo sino conseguiría aterrizar después de cada sueño? Y del perro entendió el verbo amistad, que no es un verbo pero enseña cómo se conjuga querer en el modo incondicional; conoció a uno vagabundo, un poco golfo pero son los que mejor educan porque ya han estado donde quieres ir, y se dejó adoptar por él.
            »Un día volvió de lo leído y entonces empezó a escribir su vida, ya estaba preparada para caminar junto a los de su especie, los más complicados. Intentaron confundirla, involucrarla en sus accidentados tiempos llenos de problemas creados por no saber apreciar que en lo más sencillo vive lo valioso. Pero no lo consiguieron porque ella había orientado ya la dirección de sus sentidos hacia todo lo que necesitaba. Le hablaron de pasados oscuros y futuros inciertos, pero no les creyó porque ella llegaba enseñada de que antes de cada presente hubo otro presente y ya se vivió sin pensar en cómo llegar a este; y después vendrían otros presentes en los que tampoco merecía pensar, porque cada siguiente de esos otros presentes siempre es la continuación de lo que se aprende en el único que nos pertenece, y no de cómo se pretende vivirlo sin haber vivido por preocuparse pensando en él.
            »Cuenta la leyenda que no la creyeron, pero también cuenta que todos podemos ser esa niña si aprendemos a creer.

            El anciano abrió los ojos y se enfrentó a la embriagada mirada de ese pajarillo del que tanto amaba su canto. Le abrió la puerta y sonrió feliz al verlo volar.

Oscar da Cunha
24 de Enero de 2017