martes, 24 de enero de 2017

Cuenta la leyenda…

            El anciano se reclinó en los almohadones, cerró sus ojos concentrado, imaginando contarle a ese canto que lo acariciaba y su voz empezó, sosegada y cálida, como esa brisa que a nadie le importa de dónde viene sino que se quede.

            —Cuenta la leyenda que el mundo empezó cuando nació una niña. A continuación, todo se fue creando en torno a ella y según despertaban sus sentidos. Quizá las corcheas y semifusas se adelantaron para que aprendiese a utilizar su oído, y de entre todos los sonidos que surgían empezó a conocer la música, ese fue su primer amor. Les envidiaron la madera y el limón, celosos, y como no podía oírlos descubrieron la alquimia de juntarse con el agua para desprender vapores, y comenzó a oler. Pero percibió otros aromas, dulces y refinados que provocaron su más temprana embriaguez, y se le ocurrió la manera de llegar hasta ellos. Por eso abrió los ojos y se le fueron revelando los colores y las formas; lirios blancos y azules, rosas y amarillos, todos hacían bailar sus pétalos atrevidos o serenos, y también floreció su primera sonrisa. Y en el brillo de esa sonrisa y de sus ojos se inspiró el infinito para modelar el alma.
            »Sus primeros pasos fueron tempranos, inseguros pero valientes. Tantas sensaciones encendieron su imaginación, previamente como la luz de un lejano faro que le alcanzaba a ráfagas; después, como un amanecer contándole sobre un horizonte que nunca se apagaba porque contenía todas las luces y ella podría verlas si aprendía con el corazón. Y conoció las palabras y practicó con ellas hasta entender que era posible abrazarlas en una  armonía y esa armonía eran las ideas. Viajó con ellas y se enteró del mundo, y se enteró de que era un regalo. Le hablaron los mares, sabios, porque escondían los misterios de las profundidades, la caricia de muchas orillas y un amor en cada puerto. Compartió secretos con las montañas, mientras sus bosques le enseñaban que perderse era la manera de dibujar nuevos destinos. ¡Ay esos ríos! Rápidos y descarados, ingenuos como ella y siempre con prisa. De ellos aprendió que corriendo es imposible no olvidarse de algo, pero no conviene volver porque lo importante nunca se queda en el camino.
            »Practicó idiomas. Ese con tantas consonantes del león y del tigre. Los insolentes monos le enseñaron muchas maneras de reírse y el lenguaje de los signos. Con el águila descubrió que se puede hablar con la mirada, y en ella quedó fijada la promesa de prepararse para volar. ¿Cómo sino conseguiría aterrizar después de cada sueño? Y del perro entendió el verbo amistad, que no es un verbo pero enseña cómo se conjuga querer en el modo incondicional; conoció a uno vagabundo, un poco golfo pero son los que mejor educan porque ya han estado donde quieres ir, y se dejó adoptar por él.
            »Un día volvió de lo leído y entonces empezó a escribir su vida, ya estaba preparada para caminar junto a los de su especie, los más complicados. Intentaron confundirla, involucrarla en sus accidentados tiempos llenos de problemas creados por no saber apreciar que en lo más sencillo vive lo valioso. Pero no lo consiguieron porque ella había orientado ya la dirección de sus sentidos hacia todo lo que necesitaba. Le hablaron de pasados oscuros y futuros inciertos, pero no les creyó porque ella llegaba enseñada de que antes de cada presente hubo otro presente y ya se vivió sin pensar en cómo llegar a este; y después vendrían otros presentes en los que tampoco merecía pensar, porque cada siguiente de esos otros presentes siempre es la continuación de lo que se aprende en el único que nos pertenece, y no de cómo se pretende vivirlo sin haber vivido por preocuparse pensando en él.
            »Cuenta la leyenda que no la creyeron, pero también cuenta que todos podemos ser esa niña si aprendemos a creer.

            El anciano abrió los ojos y se enfrentó a la embriagada mirada de ese pajarillo del que tanto amaba su canto. Le abrió la puerta y sonrió feliz al verlo volar.

Oscar da Cunha
24 de Enero de 2017 

sábado, 22 de octubre de 2016

Salvaje es el viento

Los primeros años de la vida son perezosos. A escondidas se le da la vuelta al reloj del pasillo para revisar que la pila sigue funcionando. Las hojas del calendario de la cocina acumulan una hipnótica grasa que las mantiene aburridamente estáticas hasta la desesperación. Se mira hacia adelante con ansia para comprobar con desánimo que, por culpa de esa maldita inercia, adelante aún sigue siendo demasiado atrás. Y a cada noche le sigue un nuevo amanecer, pero le sigue siempre con desgana y un bostezo de para qué me despiertas hoy que tengo fiebre. Durante esa temprana edad el tiempo también es un niño que se entretiene sentado jugando con un palito en vez de realizar la tarea que se espera de él, avanzar. Es un indolente que no pedalea hacia el futuro para encontrarse con lo que vendrá más tarde, no le interesa.
            Después, y bien pensado, es un estado de confort que se abandona y todo adulto termina recordando con nostalgia.
            Pero eso les ocurre a los demás. A todos los usuarios de la vida que no la comenzaron como nosotros, por ese lado donde apagaron las bombillas. ¿Pero quiénes eran los tipos como nosotros? ¿Quiénes éramos para los demás? Por suerte nadie se hizo esas preguntas.
            Recuerdo una fría mañana en la que nos dirigíamos a la escuela bajo un sol tan lejano como el calor en un beso no deseado de despedida. Amigo Imaginario caminaba más silencioso que la muerte y con la mirada por debajo de la tierra que pisábamos.
            —¿Sabes qué me preguntó ayer? —masculló—. Me refiero a ese, a Padrastro.
            —¿Qué?
            —¿Por qué no me llamáis Padre?
            Nos detuvimos. Yo contemplé cómo Amigo trazaba un circulo en el suelo con uno de sus zapatos y después levantaba la cabeza. Esperé su respuesta con una mirada.
            —Porque ya somos hijos del que tiene muchos nombres…
            Sentí un viento helado pero no me estremecí. No nací para temerle al frío.
            —…Y ninguno coincide con el de usted.
            También recuerdo que Madre empezó a ser cada día menos Madre y más esposa. Demasiado señora de Padrastro para nosotros. Sus besos más cortos, sus despedidas menos afligidas y sus bienvenidas fueron perdiendo brillo. Para Padrastro y ella empezamos a convertirnos en esa sobrecarga del tendido eléctrico que causaba una bajada en la intensidad de la luz dentro de aquella casa.
            Pero nadie que lleve el fuego dentro necesita luz que lo ilumine. Y el de Amigo Imaginario siempre fue más intenso. No descarto que fuera su primer amaño con las cartas, yo pensé que el As ganaba pero él insistió en que dos espadas eran más que una y gracias a eso consiguió el primer turno para salir del vientre de Madre. Y se llevó la parte que mejor ardía.
            Con la primera bofetada, Amigo Imaginario me dejó sorprendido, y cuando sus dedos se quedaron marcados en mi cara tras la segunda empecé a llorar. Luego vi cómo golpeaba su frente contra uno de los chopos del camino. Una vez, dos… hasta quedar medio aturdido. Sacudió la cabeza, se giró y pude ver, bajo su frente enrojecida y a punto de empezar a sangrar, esa sonrisa. Me pareció nueva en él pero llevaba la inmoralidad de lo que empezó antes que el hombre. Ese fue el primero de los días con el que se inició el ritual que precedería nuestra llegada a la escuela cada mañana. No tardaron los comentarios en empezar a recorrer las bocas del pueblo.
            Y entonces lo entendí.
            Mentir dejó de convertirse en un necesario calvario para convertirse incluso en un placer.

            Quien haya leído un poco de historia habrá podido comprobar que el mal es tan ligero en cambiar de bando como el peso de la pluma con la que ha sido escrita. Hay veces que no existe y todo se reduce a verdades opuestas que se enfrentan sin crueldad, pero eso sólo sucede en los cuentos para que los niños dejen de joder y se duerman. La realidad es diferente, porque fabrica verdades y mentiras con el fin de que no renunciemos a hacernos preguntas sobre cuál es la verdadera realidad. Hay quien opina que la verdad fue el comienzo y en él la encontraremos. Pero no nos engañemos, la actualidad llega a más público, y aunque hubo un tiempo en el que quién pegaba primero pegaba dos veces, todo cambió; ahora el mal se conforma con reír el último para hacerlo mejor. Porque la condición del individuo se ha vuelto tan trivial como una calculadora adquirida en un chino, y la primera vez que falla el botón de la memoria corre a comprarse otra.
            A veces pienso que en nuestro cerebro vive la versión defectuosa de un perro lazarillo, sólo sabe llevarnos al mismo destino aunque nuestras voluntades emprendan caminos opuestos. El de Amigo Imaginario a cada paso le producía más alegrías. Él miraba hacia afuera y los comentarios de los vecinos le fueron confirmando que falsificar los medios no implicaba que el fin también se convirtiera una estafa. Yo no conseguí dejar de mirar hacia adentro. Y los sopapos de Amigo dejaron de dolerme para comenzar a ser dolorosos cuando en la mirada de Madre entendí que había caducado su disposición para ver las marcas en mi rostro, cuando empecé a ser invisible para ella, tan sólo una falsificación del pasado que tampoco impedía que el futuro se convirtiera en una estafa.

            Compartíamos habitación y aquella noche también insomnio. La envergadura de Amigo Imaginario, excesiva para sus todavía mediados seis años, consiguió que su cama protestara al levantarse violentamente. Se tumbó a mi lado y en la oscuridad me giré hacia él.
            —Lo haremos mañana —me dijo con un susurro. Su tono denotaba alegría pero no le vi la cara, lo preferí. A veces los amigos imaginarios ocultan cosas horribles tras su sonrisa. Y aunque sabía de qué se trataba, ya lo he dicho, preferí no verla.
            —¿Por qué mañana? —Los muros eran gruesos, la puerta estaba cerrada, pero aun en la soledad de un monte perdido las conspiraciones no se comparten a gritos.
            —Porque hoy ya es tarde —repuso Amigo.
            —Puede ser otro día —intenté disuadirle aunque en el fondo no pretendía más que esconderme de mi propio destino.
            —Cualquier otro día ya será demasiado tarde —insistió—. Ahora te ha temblado la voz. Mañana veré como te tiembla el pulso. Y en adelante no podré confiar en que mantengas firme tu decisión.
            —Tengo miedo —prorrumpí.
            Amigo me tiró del pelo.
            —Mantenlo —me dijo al oído—. El valor persigue victorias, recuerda que nosotros buscamos una derrota.
            Nos despertaron las tinieblas, siempre son las más oscuras las que preceden al alba. Esperamos y esa fue la última vez que vimos un amanecer juntos. Pero no creo que ninguno de los dos lo hayamos añorado.
           
            Podría contar que aquel fue un día sin sol mediada una primavera que empezaba a colorear los campos. Que Madre nos despidió al marchar con una sonrisa que no tardó en borrar al darse la vuelta. Que los más cercanos compañeros de la escuela repitieron sus miradas compresivas al verificar que los moretones llegaban renovados como cada mañana. Que la maestra siguió pensando con qué fechoría nos los habríamos vuelto a ganar, pero quizás algún día dejaría de encontrar la excusa para continuar aplazando la visita a nuestra casa. Podría contar que aquel fue un día normal e incluso afirmar que lo llegué a confundir con cualquiera de los anteriores. Hasta que llegó su noche y me di cuenta de que jamás lo confundiría con los que vendrían después.
            Madre trajinaba con los platos de la cena. En la radio de la cocina sonaba "Wild Is The Wind", pero mi memoria no se conforma con la versión original de aquella época compuesta por Dimitri Tiomkin. Para mí todavía sigue sonando esa inigualable adaptación que con la voz de Nina Simone tardaría en aparecer casi diez años después de cuando se la esperaba. Lo siento pero no es un error y por supuesto que no intento justificarme por ello, nadie debería hacerlo. Si algo nos pertenece son nuestros recuerdos y todos tenemos derecho a introducir en ellos ciertos retoques.
            Padrastro leía sentado en una butaca de la sala. Nunca llegué a saber qué libro era, me consolé pensando que ya habría llegado al último capítulo y los agradecimientos que vienen a continuación suelen ser un coñazo.
            Con los años me he aficionado a la lectura. Hubo una época durante la que sentí especial atracción por aquellas novelas en las que se cometían crímenes, quizás buscando el nuestro, o tal vez procurado identificarme con alguno de los asesinos, pero me aburrí. La ficción es una chapuza comparada con la realidad. Incluso grotesca, tanto como un ridículo árbol navideño saturado de lucecitas y bolas de colorines en contraste con la sobriedad de un auténtico pino en la soledad de un monte. El escritor prepara la escena, la decora, incluso la estira, le añade tensión y se lo pone difícil al criminal. ¡Bah! No son más que recursos literarios porque el paseo entre la vida y la muerte es mucho más sencillo. Sólo es ese pino solitario.
            Llegamos por detrás, sin verle la cara, como deben cometerse lo más infames asesinatos. Él era un hombre alto y su cabeza sobresalía por el respaldo del sillón.
            Amigo Imaginario agarró con fuerza su pelo y tiró de él. Su navaja de afeitar que habíamos cogido del baño se deslizó con suavidad seccionándole el cuello de izquierda a derecha.
            Sólo un ligero detalle, el pequeño complemento de dos disparos.
            Frío, y el silencio del libro deslizándose por su regazo.
            Después ese molesto, ese impertinente restallido de platos rotos que llegaba desde la cocina.
            Y la apasionada versión de Nina Simone.

For we're creatures
Of the wind
And wild is the wind
So wild is the wind

Wild is the wind
Wild is the wind
Wild is the wind

Oscar da Cunha
22 de octubre de 2016

domingo, 11 de septiembre de 2016

Te Quiero Mucho

            A menudo tengo la sensación de que me pierdo demasiado de cuanto me rodea. Procuro poner atención a todo lo que veo y escucho, sin darme cuenta de que lo importante llega por sí solo, se abre camino entre el ruido de fondo y me encuentra. Es entonces cuando entiendo que quizá lo que me haya perdido… sobra. Porque en lo más sonoro, en aquello que se esfuerza por conseguir que se nos distraigan las atenciones no están contenidos los detalles. Esos pequeños detalles que fabrica la vida cuando la dejamos tranquila, cuando no nos preocupamos por cómo y con cuánta intensidad vivimos, y simplemente nos dejamos llevar por eso tan sencillo y que nos hemos empeñado en complicarlo, eso que se llama vivir.
            Es viernes y casi mediodía. Estoy en una ciudad de provincias, la mía. Esa que aún está rebosante de turistas que ya se mezclan con los que han terminado sus vacaciones y con los que todavía las estamos esperando. Y llueve. Y ocurre eso que tanto nos incomoda a todos los que circulamos en coche, esa manía que les ha entrado a los demás (porque siempre son los demás, los otros, y porque ninguno nos consideramos de más) por también tener coche, y utilizarlo para pequeños desplazamientos por no mojarse andando. Y eso en una ciudad con tres calles y cuarto y mitad de otra se convierte en un atasco, como una sobredosis de colesterol rodante que paraliza la circulación sin que esos medicamentos con forma de guardia urbano consigan restablecer un ritmo, un latido adecuado a las infraestructuras que ya se crearon pensando en un tiempo en el que todavía no hacían falta infraestructuras.
            Estoy en una punta, o tal vez sea un cómo de la ciudad y me esperan en la otra, u otro. El reloj me indica que ya llevan tiempo esperándome pero el teléfono me alivia porque no suena anunciando que ya se les ha acabado la paciencia. Sólo veo lluvia y coches, y sobre el único asfalto que percibo libre pone BUS.
            Delante mío, un tubo, uno más por el que se escapan los malos gases de las prisas de quienes conducimos, empieza a echar un humo que ensucia las gotas que no se resignan a dejar de caer, y no las culpo, porque siempre llueve a gusto de nadie. Y no lo pienso dos veces, o tal vez sí y eso me haga tomar conciencia de que yo también sea uno de esos demás.
            Aparco y camino, poco. Las distancias entre las paradas están adaptadas a esas personas que pueden caminar poco, y los que podríamos hacerlo mucho nos vamos acomodando porque sólo tenemos tiempo para ese poco, aunque luego los médicos nos obliguen a buscarnos espacios de nuestra agenda porque ha llegado ese momento en el que con los pocos no basta.
            Llega el bus y me subo. Saco un billete para la otra punta sin preguntar cuál. En una ciudad pequeña y con pocas puntas hay que tener muy mala suerte si coges un bus que no coincida con el que lleva hasta la que te diriges. Me siento y miro por la ventana. Entre la lluvia distingo ansiedad en las caras de los conductores, los que están atascados, los demás. También veo mi reflejo en el cristal. Es el reflejo de una cara relajada por haber tomado la decisión correcta entre llegar tarde o no llegar.
            A mi lado se sientan una mujer, su bolso y su bolsa con la compra. Huele a jazmín pero por la bolsa asoman puerros, ¿quién sabe?, llevo tantos años fumando que igual ahora los jazmines tiene forma de puerro. Es guapa, seguramente tuvo sesenta años mejores pero yo la sigo viendo guapa. Y viste con esa comodidad de la segunda edad y media.
            Suena un móvil y todos los pasajeros miramos el nuestro, pero es el suyo. No me debería interesar lo que dice, o quizá sí pero no me lo pregunto porque no puedo evitarlo. Yo no soy de los acostumbran a ir por la vida con esos auriculares para precisamente no escuchar la vida. No me cuesta deducir que se trata de la conversación entre un longevo matrimonio. Me entristece pensar que longevo es sinónimo de envejecido pero me alegra que también lo sea de perdurable. Ahora sé que las pastillas están el cajón debajo de la tele, no de esa no, de la de la cocina. Y que los jazmines con patatas son para la cena, y con ajos que son buenos para la circulación aunque no confío en que hasta la cena se mantenga el atasco.
            Durante la conversación conserva una voz dulce, una de esa voces de doblaje y en la película, la protagonista sigue enamorada de aquel muchacho que le prometió el cielo; y él, ahora ya jubilado, tiene más tiempo para continuar construyendo la escalera.
            Separa el móvil de su oído para acercarlo a sus labios y se despide con un prolongado susurro que no se me escapa: "Te quiero mucho".
            Ella me mira con una sonrisa y yo, debe ser por la lluvia pero mis ojos necesitan limpiaparabrisas.
            El bus llega a la última parada. En una ciudad pequeña y con pocas puntas hay que tener mala suerte para que no coincida con la tuya.
            Me bajo y la veo marcharse con sus jazmines bajo la lluvia.
            El autobús también se va, y entiendo que ese era mi verdadero viaje.


Oscar da Cunha

11 de septiembre de 2016

lunes, 15 de agosto de 2016

Arsénico por Bovary

            —Contemplar el balanceo de esas aguas azules empieza a ser con más frecuencia el único eslabón de la cadena que me mantiene unido a mi pasado. Y pasado, Chère Madame, es todo lo que soy.
            »La artritis avanzada ha convertido mi presente en una dolorosa supervivencia, y ante cualquier movimiento esta vieja y triste figura de porcelana amenaza con romperse.         »Mi futuro no consiste más que en un oscuro túnel al que realizo incursiones con cada vez mayor asiduidad, y la condena del alzhéimer cerrará la puerta de salida cualquier día y sin avisar.
            —¿Por qué puso el anuncio, Monsieur…?
            —Charles, Charles es suficiente. Verá, he tenido dos vidas, la segunda ha sido muy larga, a veces considero que demasiado y además un desperdicio. Sólo he sabido utilizarla para acumular dinero. Esa no me importa que se vaya disolviendo, incluso agradezco que se la lleve esa oscuridad. ¿Sabe? Todos mis esfuerzos se concentraron en amasar una fortuna que me permitiera volver a comprar la primera, pero fueron estériles. El tiempo es como un jardín de ambrosía, y la dulce fruta que ayer dejamos pasar, hoy, cuando volvemos, se ha transfigurado en un incesante reproche.
            —¿Y qué le decidió escogerme a mí, monsieur Charles? Ni siquiera indiqué mi nombre.
            —Lamento no tener un argumento más deferente, es usted la única escritora que se interesó, Madame…
            —Bovary. No creo necesario confesarle que es un pseudónimo. Pero ya me he acostumbrado tanto a él que… casi he olvidado mi auténtico apellido.
            »Sé que suena pretencioso para una humilde maestra de escuela jubilada hace ya… permítame la frivolidad. —Suspiró—. Y escritora de dos novelas que nadie quiso publicar. Pero la vanidad, Monsieur Charles, la vanidad es todo cuanto conservo.
            —Mis momentos de lucidez son cada día más escasos, Madame, y caprichosos. Sólo me atrevo a ofrecerle la vista sobre el océano desde este mirador a cambio de su paciencia. Mi asistenta se encargará en mi nombre de la remuneración que usted considere, además de una descortesía me parece una pérdida de tiempo que no me puedo permitir.
            »Algo me dice que mis nostalgias no sobrevivirán más allá de este verano. Y esas memorias de mi primera vida, la única en la que realmente supe lo que significaba palpitar, es cuanto considero imprescindible llevarme al otro mundo. Le prometo pasear mis palabras con su letra por la eternidad.
            »Nunca me casé, no. Después de ella jamás me abandonó la soledad. Cualquier pretensión de encontrar alguna semejanza con Emmanuelle, Emma para mí, rozaba el ultraje.
            »No podría afirmar cuándo la conocí, aunque sí recuerdo esa primera vez que la vi y supe que siempre la había esperado. Nadie en absoluto espera a lo desconocido. El brillo de su mirada hacía enloquecer de envidia al sol. Cada uno de todos sus movimientos confirmaban que ni en el nacimiento de la más bella flor la naturaleza fue capaz de imitarla. Y del tacto de su mano, cuando la cogía al pasear frente a la playa del mediodía, tomó nombre la seda.
            »¿No escribe apuntes, Madame?
            —¿Y usted, Monsieur Charles, necesita leer recuerdos?
            Esa fue la primera vez que lo vio sonreír.
            —Nos juramos y nos prometimos, nos entregamos y nos recibimos. Y empezamos a componer con cada latido de nuestros corazones la más bella melodía de amor que ningún oído humano haya imaginado jamás.
            »Pero me temo que por hoy me veo obligado a rogarle que acepte mis disculpas, Madame Bovary. Mi gastado cuerpo ya no consigue mantener el ritmo de mi alma. Si acepta podremos continuar mañana.
            —¿Tiene preferencia por algún momento?
            —Elija usted la luz que más le seduzca sobre el océano.

            Mañanas, cuando no tardes de aquel verano, se fueron deslizando por delicados fragmentos de poesía sobre los jóvenes Emma y Charles. Como el romance perfecto que mantienen la línea del horizonte marino y el cielo. Como ese baile interminable entre la brisa y el cabello de los tamarindos. Como sólo la vida, cuando decide volverse generosa, regala exquisitos momentos de gran intensidad pero los reduce a un periodo con horas escatimadas en cada día.

            —Recuerdo aquella solitaria madrugada en la estación. París iba a iluminar nuestro nuevo escenario y satisfacer mis anhelos por progresar. Le hablo, Madame, de un tiempo en el que las oportunidades paseaban por las calles de la ciudad de la luz mientras se olvidaban de este pequeño rincón del mapa con olor a sal, que es como huelen las lágrimas. Allí conseguiría amarla entre candilejas doradas, bañarla en perfume de estrellas y vestirla con burbujas de champagne.
            »Esperé con mi maleta en una mano y la otra asida a la barandilla del vagón. Desesperé tras el último pitido anunciando que el futuro comenzaba a rodar; y camine, aún sin decidirme a subir, junto a esa máquina del porvenir que lentamente iba cobrando velocidad.
            »Emma no llegó. Desde el tren fui perdiendo de vista la solitaria estación. Desde aquellas escalinatas del último furgón vi cómo iban quedando atrás las promesas, los besos que ya no volverían, los años acariciando ese cielo que se había despedido de mí sin despedirse. Sin ese último adiós que poder guardar con el doloroso consuelo de una explicación.
            »Y nunca volví.
            »Podría haberla escrito, incluso regresar para entender su renuncia. Primero fue el orgullo herido, después esa llaga se fue acostumbrado a mi destierro y aprendí que era yo quien me había condenado. Aún hoy la conservo, y en ella sufro al reconocer que mi tiempo perdido ya no admite búsqueda. Aquel no fue el primer amanecer de mi segunda vida, todavía sigo sin entender esos instantes en los que decidí enterrar la primera emprendiendo un camino por cuya derogación todavía no he consumido el último suspiro.

            Madame Bovary tampoco volvió. El manuscrito mecanografiado, una carta y una rosa marchita aguardaban el amanecer en la puerta. Sin llamar.

            "Charles, amor mío. Sé que no te sorprenderá comprobar que haya preferido entregarte estás letras escritas a cambio de palabras susurradas al oído. No se puede desandar una vida y salir ileso. El tiempo de los jardines llenos de color pasó, y de nosotros no puede quedar sino el recuerdo de dos flores consumidas. Te devuelvo la mía, añádela a tu viaje por la eternidad.
            Te confirmo que yo tampoco me casé, nadie se merece que le entreguen un corazón roto y un alma sólo dispuesta a vagabundear por su propio pasado. Para sentimientos tan hermosos no hay segundas oportunidades. Dice esa habanera inmortal que la marea viene y vuelve, pero tú que observas el océano sabrás que las aguas siempre son distintas.
            Me he permitido concluir ese testimonio tuyo incompleto con esta carta, creo que era lo que durante más de cincuenta años has estado esperando. Navega en ella, viejo amor. Navega hasta el infinito que siempre buscaste, y cuando hayas perdido de vista el Norte no vuelvas la mirada porque es mentira que exista un Norte, como también lo es que exista un Sur. Únicamente existen lágrimas en nuestro camino, y no te preocupes, la rosa de los vientos es caprichosa y las sitúa derramándose en cualquier horizonte.
            Sí acudí a la estación aquella madrugada, aún no sé cómo entre tanta pasión se nos entrometió una espina. Tú buscabas el éxito, yo ya te había encontrado a ti. París no me pareció más lejano que el parque de las adelfas del pueblo, pero en tú mirada de nuestros últimos meses empecé a sufrir la distancia de tus ilusiones.
            Ya había decidido que poco importaba ese tren o el mismo del siguiente día si ese destino servía para compartirlo. Te vi dudar esperando y yo esperé a que te liberases de tus dudas. Sentí tu desesperación cuando agarraste la barandilla del vagón y la soltaste al no verme. Después me desesperé cuando la esperanza escogió que te subieras al tren sin mí. Hubiera bastado una renuncia tuya para que yo te obligara a no renunciar. Mi maleta esperaba en casa, tan sólo a cambiar de madrugada, tan sólo a ese… contigo. Una madrugada más, amor mío, una madrugada más esperaba de ti. Y no me la concediste. La vida es ese tren que se marcha con nuestros errores mientras se nos rompen los sueños.
            Tan sólo una renuncia y la siguiente madrugada…
            Ahora sólo te debo un beso de despedida, pero no lo necesitas, tú ya aprendiste a viajar con deseos debidos."
Mme  Bovary
"Emma"
           
            Charles apretó contra su pecho el manuscrito y la rosa marchita. Una mirada final al océano y todavía podría volver a navegar por la carta. Aún le quedaba tiempo para el último romance posible, tinta y lágrimas. La enfermedad no le iba a robar sus recuerdos, y el arsénico le concedería esos sublimes minutos.

Oscar da Cunha

15 de agosto de 2016

domingo, 31 de julio de 2016

Entrescrita

      Lleva mucho tiempo insistiendo con la propuesta, y he de confesar que en esas distancias cortas, tan cortas… Bueno, ya me entendéis. Todos nos hemos preguntado en qué miedo nos hemos vuelto valientes. ¿A que cuesta responder?
            Lo cierto es que no hilo muy fino buscándome una excusa y la única que soy capaz de conseguir sacarme del bolsillo es que ando un poco tímido, pero a él no le puedo engañar. Por eso sigue insistiendo. Ahora sé por qué llevamos tantos años soportándonos.
            —¡Venga, que serán sólo unos minutos! Un par de preguntas.
            Y le veo esa sonrisa, la conozco y sé que no la pasea si no le sale de las entrañas. Es un farsante esperando recibir el máster de sinvergüenza (si es que no lo lleva ya escondido bajo la manga), pero es incapaz de mentir con la mirada brillante.
            —Mira —Señala—, podemos hacerla en esa mesa de la terraza bajo los plataneros. Ya sabes, tu oficina de verano.
            Contemplo el cielo para ver si me echa una mano, pero cuando luce azul nunca llueve.
            Y enciendo un pitillo. Lo compartimos.
            —Tenemos que dejar de asfaltarnos los pulmones —me dice—, no creo que nadie vaya a circular por ellos.
            Lo cierto es que fumar en verano y al aire libre carece de embrujo. Tal vez sea eso lo único que me guste del invierno. Esos tempranos anocheceres que las horas convierten en madrugadas, y dentro de mi despacho, entre la niebla (no os molestéis en decirme que suena pretencioso, pero me parece vulgar considerar que es sólo humo después de lo que me esfuerzo por convertirlo en bocanadas de imaginación), consigo que la vida me salude una vez ya emancipada de la realidad. Que los libros que abarrotan hasta la última de las esquinas conserven todas sus palabras pero lleven mi nombre de autor. Y que esa brújula que renunció a señalar el Norte tenga razón.
            P—Antes has hablado de miedos. —Empiezan los disparos—. ¿En cuál descubriste tú que te volviste valiente?
            R—Todos somos valientes, lo vamos descubriendo con las pruebas a las que nos somete el camino. La mayoría no imaginamos ser capaces de enfrentarnos y superar determinadas situaciones hasta que nos enseñan los dientes. Pero lo conseguimos. Lo terrible es descubrir en qué miedo te volviste cobarde.
            P—¿Intuyo que no has sido capaz de superar alguno?
            R—Sí, uno que se llama soledad. Y no hablo de esa soledad que todos buscamos en ciertos momentos, esa soledad que en el fondo es acompañada porque decidimos cerrar una puerta cuando depende de nosotros volverla a abrir.
            »Yo me refiero a otro tipo de soledad, como la de volver huérfano a casa una noche y pensar que durante las siguientes, entre las posibilidades, está la de enfrentarte a un tiempo agotado, condenado a vivir en un recuerdo que ya no tendrá futuro. Y entonces te das cuenta de la gran cantidad de vida que no podrás recuperar. Si una vez te regalaron un verdadero amor hay que conservarlo. En eso, lo de las segundas oportunidades es una estafa.
            P—Ahora me viene  a la cabeza una frase que leí de Paul Auster: "Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad."¿Cuántas de tus heridas se esconden en las realidades que escribes?
            R—Mira, siento por Paul Auster una admiración que se pelea con la envidia, pero para serte sincero esa frase me parece una chorrada.
            »Unos más que otros (y siempre hay algún bienaventurado que cayó por aquí con suerte o con la desgracia de haber nacido descafeinado), pero nadie se va librando de las cicatrices que supone vivir. Aprendes a andar para dejar de sangrar por las rodillas o la nariz, y a partir de ahí empiezas a entender que de esta no va a salir ileso. Luego te vas relacionando con otro tipo de heridas, son las que peores cicatrices dejan porque no se ven. A veces no sabes qué las produjo ni si pudiste hacer algo para evitarlas. Pero cuando llegas a descubrir que jamás podrás desentenderte de ellas estás pagando el peaje de la autopista en el sentido correcto, ya que quizá tampoco convenga olvidarlas porque con esas estocadas del pasado vamos aprendiendo a esquivar las que en un paquetito certificado con nuestro nombre nos tiene reservadas ese señor vestido de cartero que se llama futuro. Viajar herido es equivalente a vivir, y  escribir no te concede esa exclusiva. Están los que se dedican a crear otras realidades componiendo música, pintando o buceando en una botella de tinto de verano. También conozco a quienes insistiendo en fingir frente a los demás terminan convenciéndose ellos mismos. Cada uno se lame como puede. Y hay una variedad, para mí son gigantes, son los que se entregan ayudando pese a que sus propias mutilaciones sean mayores, al dolor ajeno es al único al que le conceden sus lágrimas. A esos sí que los admiro, yo no pasé de la talla media, la más vulgar.
            »Respondiendo a tu pregunta: Muchas. Y a menudo yo mismo me voy descubriendo, cuando entre líneas veo espinas que debieron clavarse en su momento y no imaginé que dejarían tanta huella en la piel. Nuestra naturaleza es sorprendente, grandes golpes que piensas que te van a acompañar durante toda la vida se disuelven convirtiéndose en exiguas anécdotas casi perdidas en la memoria, pero hay insignificantes detalles… jeringuillas de aguja corta que te inocularon un veneno con efecto retardado. Y un día te encuentras imposibilitado de terminar con un picor que no recuerdas de dónde ha salido, eso te enseña que las piedras más peligrosas del camino son las pequeñas, las que despreciaste con un puntapié pero te juraron venganza.
            P—Para terminar…
            —¿Otra pregunta? Al comienzo dijiste que sólo serían un par y ya lo hemos superado.
            —¿Seguro? Luego revisamos el texto.
            —Venga, dispara que tengo que pasear al niño.
            —Tú no tienes niños.
            —Vive en mi cabeza, nunca le dejé marcharse, nadie debería hacerlo. No se trata de seguir mirando bajo la cama antes de acostarse, lo interesante radica en invitar al fantasma a salir y animarle a que te cuente historias, suelen saber muchas. Llevar siempre el Photoshop en la mirada y retocar el mundo para que duela menos. Sonreír dándole la espalda a ese empeño que tiene la vida en disfrazarse de tan difícil como se nos muestra. Disfrutar de cada momento como si el futuro fuese algo que puedes dilatar a voluntad, porque si algún día llega es mejor no obsesionarse, para entonces podrás tener dentadura postiza, y con sólo dejarla cada noche bajo la almohada ya se encargará el ratoncito Pérez de dejarte una pasta. Y sobre todo, no permitir que nadie te cuente quienes son los Reyes Magos. Porque para el niño la ficción es muy manejable y todo consiste en convertirla en verdad dentro de una gran mentira. Ningún niño se busca para encontrarse, no se molesta, bastante divertido resulta ya jugar a crearse a uno mismo.
            »Y ahora revisa tú el texto, que para algo te permito que ocupes mi imaginación. Cuenta las preguntas y procura no darme la razón. Me preocupa el día en que nos pongamos de acuerdo.

Oscar da Cunha
31 de julio de 2016

viernes, 15 de julio de 2016

Ya que no lo es… que lo parezca.

  Camino despacio y no estamos para desperdicios. Acaba de salir el sol y sé que decidirá tomarse su tiempo antes de volver a dejarse ver. Ya va avanzando el mes de julio, pero en esta esquina del Cantábrico, los que lucen bronceado vienen de afuera. De cualquiera de esos afueras en los que verano es sinónimo de: ¡Qué bien se está en la sombra!
            Tengo los deberes del día terminados, o sea que a medias, y eso para mí hoy es lo mismo.
            Son las… bueno, hoy también da lo mismo, el caso es que por aquí hay unas horas durante las que los comercios echan la persiana asumiendo que sus clientes prefieran una siesta a revolver entre sus estanterías antes de salir huyendo, el pretexto del mal clima también afecta a esas tiendas donde antes comprobaban si la bombilla alumbraba previamente a  envolvértela.
            La calle está en silencio hasta que los primeros compases de ese ritmo escapan por una puerta. Me paro, sólo unos segundos y miro. Me sorprende que no sea un chino —esos no cierran nunca—, se trata de un bar y mi desvergüenza no me da para contonearme en mitad de la acera, aunque sólo me mira un perro que sonríe porque también debe ser de mi década, y recuerda cuando algún amo bailaba con él ese Billie Jean que no hemos tardado en reconocer.
            Ya no consigo parar mis pies y entro. El barero se apoya en la barra, es lo que tiene más a mano para no caerse por la risa ante mi extravagante imitación de Michael Jackson.
            —¿Qué tomas? —consigue preguntarme entre carcajadas.
            —Eso. —Y señalo la pantalla. Que ha dejado de ser uno de esos cristalitos por los que nos asomamos a esta mierda de vida y donde ahora lo veo a Él, y también compruebo que yo no pasé por esa edad con la idea de no volver.
            —Era un artista único —me dice.
            —Lo sigue siendo —le suelto—, los artistas nunca mueren hasta que nosotros les acompañamos. Sería una crueldad pensar que nos van dejando solos.
            Quiero compartir el momento y llamo a mi mujer. Estará a la vuelta de la esquina, porque no sé cómo lo hace pero siempre está a la vuelta de mi esquina.
            —¡Ven! —y le cuento.
            —¡Voy! —y me responde. Su voz suena animada a través del teléfono—. Estoy a la vuelta de la esquina.
            El local se encuentra vacío, aprovechando ese entreacto entre los últimos vermús y los primeros cafés. Josema (ya nos hemos presentado al descubrir que las canas que nos repartimos no son más que ese camuflaje que utilizamos para fingir que la vida nos ha enseñado a ser más humanos) también abandona la barra, y ya somos tres los que intercambiamos sonrisas viajando hasta un tiempo que tal vez no fuese mejor pero llegamos a conseguir que lo pareciera.
            El video termina pero Josema lo repite una, dos veces…
            Al cabo entra un cliente. Debe ser un habitual de piedra que reclama su carajillo con sangre y pide que le pongan el informativo, ese que hoy, otra vez para variar, nos sacude con las imágenes de más de ochenta inocentes cuyos corazones todavía seguirían palpitando si a un verdugo no le hubieran tachado la palabra convivencia de su diccionario.
            No lo quiero ver, y con un gesto me despido de Josema. No estoy dispuesto a seguirles el juego a esos fanáticos, conmigo que no cuenten para vivir con miedo ni para malvivir con odio.
            Me siento en el coche y recuerdo que tengo el mismo disco. Lo introduzco en esa ranura dentro de la que debe de vivir un señor que se encarga de que la canción repita, y miro al cielo. Michael Jackson está actuando en directo y todos imitan esos pasos en los que parece que no hay suelo, le han encargado convertir la eternidad en un baile.
            Se me escapa una sonrisa torcida, pero quizá no soportaría este mundo sin mi imaginación.

Oscar da Cunha
15 de Julio de 2016


viernes, 24 de junio de 2016

CHIRRIDOS

            La realidad no es más que esa cosa tan extraña que nos desconcierta. Irregularidades de la vida que nos negamos a aceptar porque tienen el capricho de saltarse el guión razonable con el que todo sale de fábrica. Ese resultado de la cadena de montaje en el que hemos sido incluidos y con el que nos conformamos, incluso nos pegamos la chulería de criticar a cuantos en vez de presentarse con la sobrevalorada pintura metalizada se pasean por la calle a rayas.
            ¡Porque chirrían!
            Y no seamos hipócritas, aquello para lo que no somos capaces de clasificar en cada cajón etiquetado con el letrerito que ya viene en catálogo, molesta. Como todo cuanto se salta las barreras de la racionalidad. Pero la verdadera racionalidad nunca ha tenido barreras, y eso nos coloca, si hacemos el esfuerzo de pensarlo, en una incómoda posición que no tiene otro nombre que el de gilipollas.
            Si lo trasladamos al mundo de la literatura (que es esa cosa llena palabras que se escriben para ser leídas, y siendo optimistas, reflexionar), nos encontramos, como lectores, con argumentos en el que al escritor se la ha ido la olla.
¡Chirría, joder!
            Cualquiera que se lance a esa aventura de escribir, sin pasar antes por la tele y si tiene la suerte de que algún editor lea sus primeras páginas, corre el riesgo de recibir una amable carta en la que es invitado a corregir numerosos párrafos, cuando no a modificar toda la obra. Alterar la realidad porque la que él ha descrito no es coherente. ¡Chirría, colega!
           
            ¿A quién se le ocurriría escribir una idiotez como la de Suika, un gato desparecido en el tsunami que asoló Japón en marzo de 2011, y que consiguió reencontrarse con sus amos tres años después? ¡Bórramelo, por favor, porque chirría, como un violín en manos de un orangután! Pero es verdad aunque nadie sea capaz de contar su odisea. ¿Cómo mantuvo la esperanza de reunirse con su familia?
Insisto: ¡Chirría, camarada!
            Pero la realidad es Suika.
           
            ¿Y qué me decís si alguien os contara esa otra sandez, la historia de Janice Keihanaikukauakahihuliheekahaunaele? Una hawaiana que consiguió modificar el formato de los documentos de identificación y licencias de conducir hawaianos para que su verdadero nombre pudiera encontrar hueco en los papelitos oficiales.
Lo siento, amigo. ¡Chirría! ¡Me lo borras ya!
            Pero la realidad es Janice Keihanaikukauakahihuliheekahaunaele.
           
            Lo de Timur no se lo pasarían ni al propio Joseph Rudyard Kipling, que escribió El libro de la selva. Timur es una cabra más de las que sirven como postre a los tigres siberianos en el Primorsky Safari Park de Rusia, y que gracias a su valentía terminó desarrollando una cercana amistad con el gran felino hasta convertirse en inseparables. ¡Anda no me jodas, eso sí que chirría!
            Pero la realidad se llama Timur.

            Y ahora va un listo y se le ocurre novelar el accidente de Alcides Moreno, un inmigrante ecuatoriano que trabaja de limpiacristales, y de cómo sobrevivió a una caída desde un piso 47 en Nueva York, cuando la probabilidad de continuar respirando en este mundo de majaderos tras un accidente de solamente tres pisos es del 50%.
¡Esto ni te lo publico, chirría hasta el título, socio!
            Pero la realidad se llama Alcides Moreno.

            Porque la verdad, esa cosa absurda que nunca estamos dispuestos a consentir, está llena de Alcides, Timur, Janice…
           
            Ellos se encuentran entre lo que yo llamo los "Suika" de la vida. Esos chirridos (me los rectifícas, colega) que no tienen ninguna lógica.
           
            ¿Pero qué sentido tendría el mundo sin muchos como ellos?

Oscar da Cunha
Día de San Juan 2016

           
* Suika:

* Janice Keihanaikukauakahihuliheekahaunaele:

* Timur:

* Alcides Moreno:

domingo, 5 de junio de 2016

Parte de algo

No había sido el miedo. Él no era capaz de ver en su interior, él no tenía eso. Se conformaba, como los demás, con un gesto, con una expresión de la que sacar conclusiones y esta vez se había equivocado. No intentaba engañarle, no a Padre, porque también vio dentro de él lo mismo que en el sueño ella le había contado. Pero ella no lo sabía.
            Alegría, tristeza y miedo. Esas eran la tres únicas caras que había aprendido a manejar desde que a Madre y Padre les tuvieron que separar. Recordó los buenos tiempos cuando estaba descubriendo nuevas sensaciones para las aún que no había investigado cómo ponerles una cara. Había podido ver en ellos dos lo que se siente cuando estaban solos. Después comprendió que no era ninguna novedad ver a una pareja follando, Matarranas tenía ordenador en casa y siempre se quejaba de que no sirviera para nota encontrar vídeos de puta madre, así los llamaba a diferencia del coñazo de programas que les enseñaban a utilizar en el colegio, pero sólo eran imágenes dentro de una pantalla, imágenes en las que no podía entrar a ver, imágenes fabricadas para mirar, separadas de la realidad como por el cristal de la pastelería cuando estaba cerrada y ese aislante te impedía oler y ver el sabor. No eran personas reales a través de las que poder ver, y él conocía muy bien la diferencia entre mirar y ver
            Cuando los vio pudo sentir esa sensación. No sabía cómo se llamaba, pero empezaba como un hormigueo ascendente por su espalda hasta ponerle la carne de gallina en el cuello, esa también era una emoción para la que algún día tendría que explorar cómo ponerle cara porque no funcionaba con los mismos resultados que cuando él se hacía una paja. Matarranas decía que era lo mismo, pero Matarranas tampoco tenía eso y no podía imaginarse que se pudiera llegar tan lejos, tan… ¿dentro?

            No, no había sido el miedo. Sabía que la palabra correcta se relacionaba con impaciencia pero no conseguía recordarla, y si no recordaba la palabra… ¿cómo ponerle cara? Por eso él se había confundido. Ensayaría frente al reloj, sí, ese sería el plan, esperar a que las horas empezaran a correr escapándose de las cosas, porque ahora estaba convencido de que iban ocurrir esas cosas, lo había dicho Madre durante el sueño, lo había visto en las ganas de Padre, y lo había visto en ellos dos cuando cruzaron esa mirada ante su cara de miedo, una de las tres desgastadas caras que con las que estaba acostumbrado a funcionar.

            Se había sentado sobre Melancolía, su roca de verano, esa que el cerro al que él llamaba Eclipse ocultaba del sol hasta media tarde. Allí era donde mejor continuaba viendo a Tato, ese compañero peludo al que ya no podría volver a mirar. Allí también conseguía volver a recordar la cara de Madre, aunque después de ya tantas lejanas noches… mientras le cantaba aquella canción… Esa la había olvidado porque siempre se dormía antes de llegar al final, y hasta que no consiguiese recuperar ese final de entre sus sueños no la podría cantar ¿Cómo se podía empezar una canción si no sabías cómo terminaba? Recordaba algunas palabras:

Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.

            Recordaba cuando Madre le decía que las había escrito un poeta que murió libre en la cárcel. Pero ahora pensaba que todo formaba parte del mismo cuento que ella le cantaba cuando él empezaba a ser niño, porque… ¿cómo se puede encarcelar la libertad si además los poetas nunca mueren? Aun así, lo más importante era la melodía, porque en ella se había quedado escondida la voz de Madre y esa ya no la podría recordar hasta que no llegase al final.
            Pero ahora no sentía lo mismo, quería celebrar la victoria, ¿pero cómo se podía celebrar una victoria cuando acerca de las cosas que tenían que pasar sólo un sueño le había prometido que iban a pasar? Todavía su capacidad para ver no le permitía llegar hasta el futuro, y lo de volver a tener a Madre no eran más que ganas.
            —¿Se pueden convertir las ganas en cosas que han pasado? —le preguntó a Tato.
            Sólo le respondió Tizón, el tordo que le cantaba desde el enebro que sobrevivía en el cerro. Pero a Tizón jamás llegaba a entenderlo, a ese tordo egoísta nunca había conseguido verle el idioma. Cantaba muy bien, pero cantaba en negro con letras quemadas, y antes de que pudiera traducirlas salía volando. Y Tato, desesperado por no poderlo alcanzar, le miraba con la boca llena de las brasas que ya no se podían leer. Tampoco se podía empezar un idioma si no sabías cómo terminaba.
            Agachó la mano para retirar los pelos que cubrían los almendrados ojos de Tato y le sonrió.
            —Ya no estamos solos, compañero. Ahora formamos parte de esas cosas que tienen que pasar.
             Y pudo ver cómo el animal le respondía aullando hacia el cielo.
            —No lo sé, Tato, no me han dicho que tengamos que hacer nada.
            Pedro levantó su cabeza imitando el aullido, porque Tato tenía razón y sólo en el azul infinito podía estar ese futuro, lo que llegaría después de las cosas que tenían que pasar. Y quizá su contribución a que pasaran era convencerse de que pasarían. Llamar al futuro, porque el futuro no podía ser sordo. No, no tenía lógica, si el pasado no era mudo y el presente hablaba y oía, ¿por qué un futuro minusválido? Sería una mierda pensar que todo se encaminaba hacia un tiempo con discapacidad, como hacia un viejo con una trompetilla en la oreja. ¿No les decía su profesor que ellos eran el futuro? ¡Vale, Josepito era gilipollas! Pero suponía que esa era la parte ridícula del futuro, la que a todos los demás les servía para descojonarse de risa.
            ¿Cómo se podía formar parte de algo, de unas ganas y de una promesa dentro de un sueño, si lo que tenías que hacer era… nada?
            Tizón volvió a cantar desde su enebro y Pedro le lanzó una piedra.
            —¡Cállate! ¿No ves que estoy pensando?
            Tato corrió tras el tordo pero sólo alcanzó la piedra que tras impactar contra el suelo regresaba deslizándose por la ladera de Eclipse. Era un canto redondeado. Pedro lo frotó entre las manos para limpiar de su superficie la tierra que lo cubría.
            —Has hecho bien cambiando la trayectoria, no quería hacerle daño a Tizón.
            Se fijó en que la piedra presentaba una hendidura, una curva que semejaba una sonrisa. Pero si le daba la vuelta el gesto se distorsionaba simulando un ceño fruncido.
            —¡Qué fácil cambias de humor! No eres tan sólida como pareces. ¿Quién diría que el mundo está hecho con trozos como tú? Pero puede que tengas razón.
            La dejó sobre el suelo y fue él quien giró a su alrededor.
            —No depende de ti sino desde donde se te mire. Ahora lo entiendo.
            ¿Cómo se dice lo contrario de sonrisa? —pensó—. Tampoco conozco esa palabra, así que de momento te llamaré Asirnos, que creo que significa lo mismo que agarrarnos.
            —¡Esa es la respuesta, Tato! Agarrarnos a las ganas, asirnos a las promesas, sólo de esa forma conseguiremos que pasen esas cosas que tienen que pasar.
            ¿Pero cómo se podía uno agarrar a las promesas? —se preguntó—, ¡Joe, siempre le tocaba la parte más difícil! Porque ver era mucho más complicado que mirar, pero sabía que enredar con las promesas estaba en Imaginar, y a ese sitio no le gustaba ir mucho porque se encontraba demasiado cerca de Decepcionar, y ya había comprobado que para volver de allí siempre se terminaba pasando por donde te recibía un letrero lleno de cagadas de pájaro: Bienvenidos a Llorar.
            Se quedó mirando a Asirnos mientras pensaba en el difuminado recuerdo de Madre. Su capacidad de ver le había ayudado a intuir que Padre lo había incluido entre esas cosas que tenían que pasar, pero dudaba de que Padre fuera capaz de entender lo que él había soñado. Él no pensaba ir a aquel hospital, porque él no se acercaba a esos lugares donde las personas todavía estaban a medio hacer, aún eran casi muertos, y los casi muertos nunca se terminaban de hacer mientras no cancelaran sus deberes con el otro mundo. Además, ya lo había dejado bien claro cuando Hermana Mayor se lo preguntó, y no quería seguir pensando en ello, había utilizado el plural para definir la unidad, como las tetas, y por eso las chicas tenían dos. Pero mirando a Asirnos se dio cuenta de que tampoco él lo veía tan claro. Tenía dos caras, plural, pero sólo era una piedra.
            Como lo que había en ese hospital y él no quería volver a verlo porque le asustaba.
            Tampoco conocía la palabra para una sola cosa aunque tuviera dos caras. ¿No las tenía él mismo y era un solo Pedro? A veces veía a Hermana Mayor como una tía de puta madre y se le ponía dura. Matarranas aseguraba que todavía se hacía pajas recordando la vez que vio a la suya en pelotas. Vale, quizás no eso no sirviera porque Matarranas se conformaba con cualquier cosa y la comparación era como un melonar contra una rosa roja. Otras, después de escucharla se dejaba llevar por la imaginación, y culpando a las pesadillas por regresar atravesando ese letrero lleno de cagadas de pájaro, sentía que el pito no se lo iba a encontrar ni para mear.
            Se guardó a Asirnos en el bolsillo. Tal vez sí que tuviera algo que hacer para ayudar a que pasaran las cosas que tenían que pasar. Si Padre no lo entendía le enseñaría la piedra, para eso no necesitaba ver, sólo mirar.
            Se despidió de Melancolía, y alborozado, terminó de bajar Eclipse con Tato escondido entre su sombra y bajo la atenta mirada de Tizón.
            Esa sensación sí que era de puta madre, ya tenía once años y por primera vez formaba parte de algo.

Oscar da Cunha

5 de junio de 2016




domingo, 22 de mayo de 2016

AMANECER

            Me admiran porque, durante mi silencio, escondo los misterios de la noche. Observo, mientras espero turno, la oscuridad del cielo, y a esos agujeros donde la tiniebla no cae les pongo nombre. Me creen heredero de una dinastía de iluminados, el último superviviente de aquellos que, habiendo conocido el caos, interpretaron el movimiento de esos ojos de fuego cuando decidieron establecer un orden para conseguir el usufructo de cada versículo de firmamento.
            Me admiran cuando dibujo sobre el suelo, durante esos instantes en los que no se me puede negar el poder, lo que los demás rechazan cuando llegan las sombras porque son temerosos de mirar más allá de lo que sus antorchas alumbran. Me respetan porque yo he nacido con el privilegio del valor, que nunca confesaré que es desvergüenza, para haber planificado el boceto de la primera pirámide, donde todo inició su camino hacia la luz. Y me deslizo entre inconscientes siendo yo un conspirador. Pero como me admiran, preferirían inclinar el suelo antes de admitir que ese monumento a su ceguera está escorado por mis caprichos diarios. Y aun así me siento orgulloso. ¿Acaso se puede pretender más del simple ejercicio de la presencia?
            Nací cuando no existía la palabra y en cada lenguaje enseñé a las especies a interpretar mi nombre. Algunos aprendieron a temer mi llamada, pero los más a esperarla con esa ansiedad que ahuyenta al miedo. Para algunos soy la inspiración y no puedo evitar que otros vean en mí al mejor compañero con el que expirar. Y sólo tengo un rival que no es más que la otra cara de yo mismo.
            Y aunque algunos me acusen, ¿cómo no resultar vanidoso? Utilizan los mil rostros con los que aparezco para estampar en ellos una firma que realce la importancia de ganarse esquina en un museo. Me cantan por las calles y en las tabernas, y en las plazas encienden fuegos para bailar amañando la baraja y celebrar que por una noche haya vencido a la oscuridad. La historia siempre me ha esperado, durante la guerra para comenzar la batalla y en la paz para terminar la cosecha. Pero nunca conseguirán llegar con palabras hasta donde siento. A veces, esperanza porque esa niña haya madrugado para ver cómo le devuelvo un padre que ayer decidió dejar de ahogarse en la última botella de licor. Otras, compasión por el moribundo que invierte las fuerzas que le están prestando en suero para levantarse de la cama y no marcharse al mundo del que vengo sin la promesa de reincidir. Y las más, tristeza por los que no ven en mí la oportunidad de saberse hermanos de quienes me han esperado entre cartones.
            Ahora que recuerdo… De entre todos mis recuerdos nunca olvidaré cómo siempre me recibían, era su liturgia diaria. Sentados en el mismo banco bajo la farola, ilusionándose al ver que su luz se difuminaba porque llegaba yo, cada día con un poco de adelanto utilizando la primavera por excusa. Me saludaban, y apoyándose en una vida que se les escapaba entre las manos salían del parque arrastrando los pies. Hasta que lo vi solo a él, desamparado y decidido a mantenerla en su memoria respetando la ceremonia. Y lloré contagiado por su invierno, y porque en invierno yo también conozco la soledad de los bancos vacíos.
                        Me esforcé como lo hago cuando no soy culpable de olvidar mi traje de gala en el armario, ese por el que el mundo se interrumpe para admirarme, y en aquella ocasión aprendí que hay emociones dentro de las que uno más uno sólo necesitan ser dos sin aditivos. La primera noche juntos y el propósito de despedirla apoyados en la barandilla donde las olas terminan su baile con las sirenas. Los encontré saboreando ese beso en el que es capaz de vivir un verano y con los ojos cerrados durante ese parpadeo por el que se desliza lo que no había hasta convertirse en lo que no puede faltar. Y sonreí ante su desinterés cuando me marché ignorado porque yo también conozco los descuidos que produce el amor, y cuando coqueteo con las diferentes versiones de la vida, olvido los cantos del gallo, resplandores dorados o negros nubarrones, el olor de los campos ayer recién cortados o el salado empuje de la bruma del mar; y me convierto en ruido de trenes o silencios solitarios con olor a café, en malas noticias o en esa presencia de la que acabamos de apercibirnos porque ya no está.
            Me admiran porque aparezco cuando los sueños todavía sobreviven, cuando la mirada se empieza a despertar y es capaz de imaginar un nuevo horizonte, porque la noche a veces es traidora, un laberinto en el que  nos hemos perdido y yo me presento como la puerta de salida. Y porque cada comienzo es renacer, por eso me llaman amanecer.

Oscar da Cunha
22 de mayo de 2016