domingo, 23 de julio de 2017

FANTASMAS


     Siempre paso frente a ella, frente a esa casa. Dicen que la habitan fantasmas pero yo, que la he visitado, puedo afirmar que es mentira, no los hay. A diario me detengo y la miro, no quiero volver a entrar, ya lo he hecho otras veces. No me asustan los fantasmas que sé que no están, lo que me asusta es pensar que ellos no sean capaces de verme a mí. 
      La esencia del miedo vive en lo que uno no ve.

Oscar da Cunha
23 de julio de 2017

Gymnopédie Nº 1 (Erik Satie)
* Se sugiere escuchar completo. Y salir.

domingo, 16 de julio de 2017

ENTRE EL ALBOROTO

A ella todavía se la ve muy joven, a él un poco menos pero se le oye más. Discuten. Hay gente por el paseo, con poca ropa, y el bullicio prefiere la sombra. Aun así se les escucha y no lo parece porque nadie mira. Tal vez sea por mar o montaña, pero intuyo que de eso ya hubo antes y quizá ahora sea por menú o carta.
            Me distraigo corriendo tras la mujer a la que he visto salir del cajero al que he llegado a tiempo para encontrar una tarjeta olvidada. Acabo de ganar una sonrisa de agradecimiento y qué fácil ha sido. Le preocupa más su cabeza porque los despistes aumentan, y yo me encojo de hombros mientras me río recordando que los míos dejaron de empujar cuando descubrieron que ya no quedaba sitio. Siguen discutiendo, más alto y él ha dejado de apoyar las manos en la cintura. Los señala y me pregunta con su mirada tan apretada como un pase de Manolete. Y tiene razón cuando me corrige por buscarles una excusa, en cuanto se descorcha esa botella hasta el mejor caldo termina en vinagre. La tolerancia amaña su propia alquimia.
            En la esquina hay un perrillo con los ojos despistados. Intenta convencerse de que se ha perdido mientras busca explicaciones que nunca encontrará porque por su imaginación no pasa un tren con destino Abandono. Recuerda que se hizo pis cuando era chiquito, y ahora que ha aprendido, el miedo está a punto de reventarle la vejiga pero no se atreve a echar ni gota. Sabe comportarse en un mundo de humanos donde son los humanos a los que les falta vergüenza. Y va entendiendo, sin conocer a Darwin y saber que se equivocaba, que no mandamos nosotros por adaptarnos mejor a los cambios sino por ser los más despiadados para esquivarlos. Ellos han elevado el tono y cuando dos gritan ya no es discusión, es un desafío para ver quién impone sus razones aunque se vaya alejando de tenerlas. Noto un estremecimiento en el animal y me acerco para consolarlo, pero no son mi mano ni mi voz las que su soledad está esperando. Ya nunca le llegarán las desagradecidas que lo han despreciado, porque los perros no son incómodos para el verano y tal vez el calor sea la excusa que utiliza la dignidad para marcharse de vacaciones, y no volver a donde no es bien recibida.
            Ahora hay alboroto delante del puesto de los helados, y esos enanos cabrones parecen venir configurados de fábrica para desenvolverse en estos nuevos tiempos de codazos y empujones. Tienen suerte de nacer más espabilados y sin pretensiones de cambiar el mundo, les basta con el que ven y saben que se va a tratar de pillar hueco para sobrevivir. Ellos no tienen la culpa, es incluso peor, pienso al verlos, todos han sido víctimas de un parto sin piedad. Desterrados en esta pesadilla de sociedad que hemos ido fabricando nosotros, los de la generación anterior, los que sí soñábamos con cambiar el mundo y sólo somos capaces de generar más ejemplares para que en el reparto nos toque un trozo más pequeño de mierda. No les importa la discusión que ahora se ha convertido en bronca y manos que van muy deprisa, tal vez les parezca una más de las que padecen cada día. Y me preocupa que con los años les resulte indiferente, y esos enanos se conviertan en protagonistas de lo que ya han asumido como un acto cotidiano. La forma de malvivir a la que se la pimpla el relevo generacional.
            Gente que pasa, pero no pasa porque se dan la vuelta para mirarla de espaldas. La chica luce un playero vestido transparente que no se anda con insinuaciones, tampoco es cuestión de agradecerle que su tanga negro no lleve parte de arriba, pero de una sonrisa y un vistazo de frente no me apeo, y esos ojos rubios me confirman que ella lo prefiere. Algo me dice que entiende de miradas y esquinas tan oscuras como las intenciones de muchos; que el cielo la juzgue porque yo no llevo suelto, y aunque ahora todos lo hagan gratis no es mi estilo, y tampoco las tengo conmigo en salir ileso de los tribunales.
            Un grupo con sus tablas de surf. El viejo que lee el periódico a pelo y sentado en el banco bajo la sombra, y me jode, porque yo sin gafas no puedo ni en el tendido de sol. Suena un móvil con la canción del verano, debe de ser un modelo vintage porque aquel verano de la canción a mí todavía me planchaban los pantalones cortos. Cruza una pareja en bicicleta, seguro que son polis, salvo ellos nadie pedalea despacio y por el carril donde no haya peña que avasallar. Una lata de Pepsi rodando por el suelo, no es la única pero a las otras no les distingo la marca. Dos que se saludan con alegría, todavía queda no perdamos la esperanza. Tres que van de la mano, eso es vicio. El del chiringuito está asando sardinas pero huelen a plástico, será por el flotador, cosas de la normativa. Y entre el jaleo dejo de oír sus gritos porque ya los ha sustituido la hostia que nunca es sustituto de nada. Ella se tapa la cara y de él veo una espalda cobarde que huye. Yo también tuve primos en las cavernas y no me faltan las ganas de ejercer, pero hay que escoger y ella todavía tiene arreglo. Me detiene una mano que agarra mi brazo, sin fuerza, aunque al girarme entiendo que aprieta. No sé entre cuáles de sus arrugas están esos ojos tristes que me miran, que me piden que no vaya y la deje sola, que ella tuvo la desgracia de ser consolada muchas veces, y que ese consuelo es traidor porque le acompaña, después, el impulso de reincidir. Asiente con una cara erosionada por demasiada vida en la que una lágrima tiene un complicado recorrido y comprendo su gesto.
            Miro hacia la joven que continúa solitaria y le pido al mundo que por una vez no sea cabrón, que se pare y que la aísle, que la deje ganar la partida.

            Para Carmen.

Oscar da Cunha
16 de julio de 2017

miércoles, 21 de junio de 2017

LA LEYENDA DE LA CHAMBRE D´AMOUR

Sabina y Lander no se conocen. No lo saben, pero ellos van a ser los protagonistas de una leyenda que ha conseguido y seguirá arrancando muchos besos en las parejas que se pasean por ese rincón donde la Côte Basque y la Côte d´Argent también se cortejan. Si entre Biarritz y Anglet se te escapa un suspiro, tienes la suerte de haber comprendido los misterios del querer.
            A ninguno, todavía, su vida le ha contado que han nacido para encontrar en los ojos del otro el cristal que refleja eso a lo que se le da muchos nombres, cuando es tan sencillo decir sólo por ti. Ambos son jóvenes y creen que no hay dos mañanas iguales. Ambos, aún, ignoran que lo que importa no es la luz del amanecer sino que esta consiga que, aun cuando haya dos sombras, aquel que entienda de mirar sólo vea una. Sabina y Lander no saben que han nacido escogidos para perpetuar una historia para que los demás, por si alguna vez hemos dudado, ratifiquemos que aunque el amor tal vez no sea lo que mueva el mundo… Algo falla en mi frase anterior para que sí le pertenezca la exclusiva de hacerlo.
            Como cada nuevo día cuando se sacude la sábana de la noche, Lander cumple con su ritual: competir con el alba. Es su reto amable pero determinante, y aparezca aquel como decida, nunca lo hará con esa fuerza que la naturaleza no ha conseguido para doblegar su esperanza. Ya ha vencido a dieciocho inviernos, en soledad y sin vender su sonrisa. Imagina que es huérfano porque se lo han contado pero él no lo siente, en sus recuerdos no hay presencias que le permitan entristecer ausencias. Quienes siempre lo han llamado pobre no saben de ilusiones; quienes sólo han visto hogueras no entienden de fuego, y no importa que en su humildad él no lo luzca, su corazón conserva la materia prima que encendió la llama inicial ante la que, quizá, pese a no haber nacido aún la palabra, el primer humano acertó a expresar que necesitaba de otro. Enfunda en los bolsillos de su fiel pantalón vaquero unas manos curtidas por el duro trabajo en la mar, estira los hombros y lo dejamos contemplando cómo el horizonte y él se disfrutan.
            Sabina es estudiante, acude a la escuela donde descubre ese ballet por las ideas que otros se empeñan en llamar Filosofía. Su acomodada familia persevera en mantenerla bajo asedio para que asuma la condición que le corresponde, pero por más que algunos discriminen rangos ella acumula semejantes, Sabina no ejerce de pija. Es de lágrima justa, desde que agotó las que aún le sigue debiendo a ese inseparable vagabundo que decidió escoltarla a través de su infancia; quien le enseñó que no hacía falta marca ni certificado de origen, sólo una mirada y cuatro patas para ser por siempre confidente de su alma. Desde que continúa poniendole flores y añorando que él no pueda verla hecha mujer cuando ella aún le espera, mientras el tramo de cada día se hace más breve, animándole con un entristecido ¡allez mon vieux! Y una cariñosa sonrisa que sabe de despedidas.
            Todavía es una madrugada de chaqueta y Sabina ha olvidado la suya —la memoria es algo que se nos va añadiendo con la nostalgia—. Hoy no ha podido resistir la tentación de ver la danza sobre el océano, como un tango (ese pensamiento triste que se baila) en el que el faro con su último destello se abraza al primero de la aurora. Y vuelven a retrasar el paso final para mañana.
            Lander se pierde esa amanecida, y las que vendrán. Tal vez sea que la de Sabina consigue apagar el día, o acaso ya no necesita buscar más la luz que cada noche trazaba caminos en sus sueños y durante el trabajo le esperaba entre sus viejas mantas. Ella descubre cómo en su voz habla el mar cuando es sincero, y en su mano el roce de toma la mía y hasta donde me lleves. Y deciden ir juntos a ese territorio en el que lo de fuera no importa, donde besa la mirada mientras los labios están ocupados en explicar cosas pequeñas, cuando la piel se enamora incluso del poco aire aunque ya no quede entre ambos y la imaginación se ha marchado sin que ninguno la eche en falta.
            El acantilado, que está aburrido de malos hablares, les ha preparado una bahía despintada de los mapas que amaña para uso de los desprecios cuando persiguen dónde dejar caer el ancla. Allí sus encuentros son diarios y furtivos, encuentros para no perder su alma, para no perderse como la sociedad de fuera que en cada generación sólo aspira a repetirse, envejecida, adocenada y sometida a los caprichos de la envidia por quien pretende la fruta del cesto que no le corresponde. ¡Como si en los cestos enraizara sus parras la uva!
            Pero el océano, que no se lleva bien con los amores imposibles y es salado porque acumula demasiados prometeres convertidos en lágrimas, los contempla con un profundo suspiro cuando ya ha tomado su decisión. Y se los lleva para dejarnos… algo más que el dulce recuerdo de un profundo te amo. ¡Cuánto enseñan de sentimientos la roca y el mar!
Hoy se conserva esa gruta que nunca está vacía para el que sabe mirar. Y una placa habla de su leyenda que tal vez sólo lo sea pero eso no importa. Un homenaje para todos los que se han arriesgado a querer y también encuentran su nombre en la Chambre d´Amour.

Oscar da Cunha
21 de junio de 2017 (Solsticio de verano)

miércoles, 7 de junio de 2017

UN LIMPIABOTAS Y UN LAGARTO DE COLORINES

Es una mañana de julio y Barcelona se viste de calor, o a mí me lo parece, porque esas minifaldas tan cortas procuran que camine por una ciudad llena de monumentos aunque yo sólo me fije en el andamiaje.
            No recuerdo qué edad tengo, conservo la suficiente para que consiga disfrutar de un paseo junto a mi padre, y demasiada para aceptar ir de su mano. Seguramente me encuentre por encima o por debajo, no obstante, vistos desde hoy, los nueve y medio me vienen cómodos. Es lo que me gusta del pasado, puedes hacer retoques y quedarte con la versión adaptada.
            Observo que a él le sonríen, muchas, acaso se trate de una moda de la época; pero cuando empiezan a pasar los años y cambiar las modas, llego a la conclusión de que a las mujeres les gusta ver piel en la cabeza. Y una gran nariz. Después he conseguido entender que tan sólo fueron épocas preocupadas por mantener de moda las buenas costumbres, conversar en las comidas, y los buzones de Correos.
            Hemos pactado visitar el Parque Güell pese a que yo sigo prefiriendo el Zoo, pero los cocodrilos a la tercera ya te saludan y ese lagarto de colorines aún no me conoce.
            Callejeamos. Según mi padre, la naturaleza no comete errores, y no es cuestión de afearle que nos concediera un par de suspiros más de inteligencia que a las ratas para ahora imitarlas recorriendo alcantarillas. El metro descartado. No me convence el argumento aunque como sombra yo también prefiera la de los árboles. En el colegio me vendieron que nos encontramos en la cima de la pirámide evolutiva, pero yo me sigo preguntando para qué. A las aves se les otorgó alas y vuelan, aletas a los peces y envejeceré envidiando su habilidad en el mar; luego me lo pienso mejor al saber que somos los únicos capaces de construir máquinas que nos sustituyan, tal vez encontremos una razonable utilidad para nuestra inteligencia cuando ya no nos necesiten.
            Sobre el adoquinado de uno de los chaflanes vive un limpiabotas. Él insiste y yo no estoy convencido de que me haga falta, me conformo con sentirme seguro de que no me lo merezco. Mi padre ve una oportunidad y presiona. Es verano, de momento son escasos los años y para esa revolución que ya me imagina todavía me queda grande el traje. Sólo descanso un par de jardines ya jubilados más tarde, cuando mis zapatos vuelven a recuperar el polvo que considero apropiado.

Ahora se me entromete la nostalgia siquiera después de tantas cosechas, hay dos cosas que no he vuelto a tener: ni la misma edad ni otro par de zapatos blancos. Pero la que realmente añoro es la compañía.
            Hoy, no la he olvidado y puedo ver su sonrisa, horas después, cuando la cena. Cuando me pregunta y yo me disperso entre el banco ondulante, el pórtico de la Lavandera o el viaducto del Algarrobo. Y él niega con la cabeza sin que sus labios pierdan esa curva que acerca los bordes a sus orejas. Cuando me habla de que la lección del día no va de arquitectura, trata de los propósitos y del sudor para que la vida no te condene a terminar agachado en una esquina limpiando zapatos. Yo me abstengo pero no otorgo. Y ahora que toca recordar sonrisas, lástima que él no vea la mía porque no supo mentirme.
            Me he concedido muchas vueltas por ese parque, y aunque sin su compañía tampoco he podido esquivar la de la del limpiabotas. Con nueve y medio lo empezaba a intuir, el resto del camino me lo ha confirmado. No importa el cómo sino el para qué.
            He visto a muchos hombres ganarse la vida honradamente agachados, sin humillarse, sin esconderse. Y he sabido de los cada vez más que se agachan con reincidencia a escondidas. No, no son cosas de la vida, cada uno elije cómo talla su piedra. Tal vez algún día me toque escoger esquina, y no me preocupa porque el betún sólo mancha las manos pero no las ensucia. Y, como otros muchos, sé que he perdido oportunidades, pero salí aprendido de lo que contenía aquella sonrisa de mi padre: "Cuando sea necesario, hasta para comerte ese lagarto de colorines, pero nunca te agaches para chupar culos".

Oscar da Cunha
7 de junio de 2017

miércoles, 17 de mayo de 2017

UN VASO DE AGUA

            De esto hace ya… Vaya, no lo recuerdo. Supongo que paseaba por esa estúpida edad predestinada a convencerte de que ya no te queda nada por aprender y miras con cierto desdén a los que lucen canas; te preguntas por esa sonrisa condescendiente que te dedican, y por qué atractivo pudieron verle a las hebras blancas para ser tan ambiciosos con su propios errores. El tiempo no lo cura todo, es un tramposo que simplemente te permite que vayas apostando por las más arriesgadas elecciones personales; de vez en cuando hace una pausa para que abras el cajón de tus momentos oxidados y compruebes que todos aquellos cretinos que se equivocaron llevaban tu cara. Si vas entendiendo este juguete al que se le llama vida, empiezas a admitir que ninguno de ellos ha sido prescindible; somos otra más de esas especies animales que no aprende con consejos sino con sopapos. No se pueden hacer retoques en el pasado pero, salvo que en lugar de a través de parto natural seas uno de los escogidos de entre el catalogo de los reincidentes, todavía te quedan opciones para continuar hacia el fin de curso sin haber causado más daños que los de a ti mismo, y eso ya es un éxito.
            No, como decía no recuerdo cuándo pero sí cómo. Y con los años entendí para qué. Creo que fue por aquella época en la que empezábamos a descubrir las ventajas de la telefonía móvil; cuando te llevabas el aparato del salón a tu almacén de futuros testigos de yo también fui joven, y cama, porque ya te habían instalado clavija para enchufarlo. Se acercaba una de esas borrascas del Cantábrico que tanto presumimos de disfrutarlas los del Norte mientras soñamos con el Sur. Carecíamos de los modernos teléfonos inteligentes que la anunciasen y echábamos mano de nuestra propia inteligencia; al fin y al cabo, la misma que utilizaban nuestros compadres de las cavernas para decidir quedarse dentro, haciendo monigotes en las paredes mientras esperaban a la invención del paraguas: Observar el mar. Se había encendido en modo entra si los tienes bien puestos, y yo me encontraba en esa edad en la que lo mejor que tienes puesto es el a mí con esas.
            Preparé mi vieja tabla; por aquí y entonces sólo las había de importación y viejas, y la experiencia que ellas traían de otros mares era la única parte del precio que no podías negociar. Se hacían de querer, les dedicabas tanto tiempo dentro del agua como fuera. Ahora no. Ahora cualquier remiendo te lo apaña uno de esos vagos que se piensan que saben vivir por dedicarse a lo que les gusta con tiempo libre para los que quieren. Te atienden desaliñados de cualquier manera porque para buenas maneras les basta con las que llevan en la mirada; y tú te sacudes el polvo de la americana, no al salir, sino aún dentro de su chamizo con tal de no llevarte nada de esa mierda que sólo sirve para envidiar lo que te falta por haberte dedicado a todo lo que te sobra.
            Lo reconozco, me decidí a entrar sin la suficiente decisión y empecé a remar despacio. Dentro del mar a veces hay que confiar en la suerte, y darle tiempo hasta que se presente con una sólida excusa que te convenza de que sólo te has dado la vuelta para que no se te moje el tabaco. Y entonces apareció aquel tipo. Me alcanzó con la insolencia que conceden los restos de donde antes no faltó tanto pelo y demasiadas arrugas para una vida sin riesgos, que para eso tenemos sólo una y la libertad de por qué merece la pena jugársela. No le costó entender mi cara, me señaló ese horizonte, a menos de trescientos metros, donde las olas alcanzaban suficiente altura como para quitarle la roña a las puntas del tridente de Poseidón. Y me soltó con una sonrisa mientras se encogía de hombros:
            —Sólo es agua.
            —Sí, pero un par de mareas más de la que se necesita para ahogarse —le contesté.
            —Eso lo sabe una parte de ti, la misma que también se puede ahogar en un simple vaso de agua; ahora utiliza la otra.
            Remamos juntos, y dado que sigo por aquí, supongo que todo salió bien y al resto de la aventura no le tengo que añadir bajas. No lo recuerdo. Los chicos de tu cabeza que se encargan del mantenimiento de tu memoria hacen cosas muy raras; desprecian las circunstancias que alguna vez te pusieron al límite, pero no olvidan las palabras que te convencieron de que nunca debes ser tú quien se ponga límites.
            Han pasado los años y sigo bailando olas, aunque mucho menos y peor. Y la vida me sigue trayendo mareas en las que tengo que tomar decisiones. Entonces, me siento en mi esquina favorita —la mesa necesita una mano de pintura, pero mi mujer sabe que yo necesito que le falte y lo respeta—, coloco un vaso de agua y me dispongo a decidir qué parte de mí voy a utilizar. Sé que una sólo sirve para sobrevivir y es únicamente la otra la que me hace sentirme vivo. Tal vez los otros chicos de mi cabeza, los que se entretienen jugando con mi sensatez, anden un poco averiados, pero siempre termino haciéndoles caso porque saben que a mí nunca me ha interesado sobrevivir.

Oscar da Cunha
16 de mayo de 2016

lunes, 1 de mayo de 2017

ROSALEDA



             Conduzco y es por una vieja carretera; de esas, de las buenas. Uno de los muchos olvidados surcos de asfalto que el paisaje ya no recuerda cuándo lo admitió como suyo. Con insinuantes curvas, como las montañas que rodea y que para eso son hembras entre las que también merece perderse. No sé qué día es ni me importa porque trabajar no toca y voy despacio. Sólo utilizo las autopistas cuando los números del calendario están en negro y yo necesito jugar sucio por intentar ganarle la partida al tiempo, o porque tengo que sacrificar el recorrer por el llegar. El fin nunca justifica los medios, pero lo utilizamos como consuelo ante nuestra escasa imaginación para encontrar una buena excusa, aunque lo que nos falte sea valor para no necesitar excusas.
            Las ventanillas van abiertas y el aire entra con ese aroma a no tengo prisa. La compañía no es la mejor porque sea la de siempre, sino que es la de siempre porque aún recuerdo que tuve suerte y encontré a la mejor. La radio suena suave para que no haga falta perturbar la apacibilidad por un: ¡Mira ya han llegado los primeros vencejos! Y el sol tiene que hacer virguerías para esquivar las nubes atrapadas en la cuenca de ese río…, ¿cómo se llamaba? No me he sentido atraído por el letrero al pasar, seguramente algún cronista lo bautizó en honor a cualquier personaje histórico sin advertir la belleza natural que contenía; mejor, porque nosotros, que lo recorremos con los ojos abiertos, le pondremos uno de esos nombres que ya llevamos guardados en la memoria esperando a que el rincón aparezca.
            La radio emite esa canción y ella sube el volumen, un poco; siempre lo sube un poco después de que yo ya lo haya hecho, como ese pequeño toque de azúcar que la naturaleza delegó en nuestras manos para que la fresa del bosque consiga saber perfecta. Me pregunta si la recuerdo y yo le sonrío porque sonaba durante nuestra primera cita, no en el momento que nos conocimos sino al día siguiente, cuando empezamos a repetir, y llovía. No tengo edad para desperdiciar las ocasiones, paro el coche y le pido baile.
            Se me ha hecho tan corto mientras ya se despide la guitarra y yo intento cambiarle  un beso por… Un beso no se puede cambiar por nada, que para ensuciarlo ya tuvimos a un Judas.
            Y es entonces cuando veo que no estamos solos. Ese pequeño hueco en la ladera se ha llenado de coches aunque no sean más de cinco, y son otros tantos pares de abrazos los que ahora nos sonríen. Parejas con tinte en el pelo y canas. Me cae bien la escotada sonrisa del calvo, a mí nunca me salen así y sin pelo acabaremos todos. Intercambiamos miradas que no necesitan palabras, y huele a rosas pese a que no estén pero las cicatrices nos delatan. Nadie dijo que fuera fácil pero qué bonito es haber llegado con la intención de reincidir.
            Nos montamos en el coche y creo que ya le hemos puesto nombre al paraje, le llamaremos Rosaleda que es sinónimo de eso tan bello precisamente porque a veces también duela: Enamorarse.

Oscar da Cunha
1 de mayo de 2017



martes, 24 de enero de 2017

Cuenta la leyenda…

            El anciano se reclinó en los almohadones, cerró sus ojos concentrado, imaginando contarle a ese canto que lo acariciaba y su voz empezó, sosegada y cálida, como esa brisa que a nadie le importa de dónde viene sino que se quede.

            —Cuenta la leyenda que el mundo empezó cuando nació una niña. A continuación, todo se fue creando en torno a ella y según despertaban sus sentidos. Quizá las corcheas y semifusas se adelantaron para que aprendiese a utilizar su oído, y de entre todos los sonidos que surgían empezó a conocer la música, ese fue su primer amor. Les envidiaron la madera y el limón, celosos, y como no podía oírlos descubrieron la alquimia de juntarse con el agua para desprender vapores, y comenzó a oler. Pero percibió otros aromas, dulces y refinados que provocaron su más temprana embriaguez, y se le ocurrió la manera de llegar hasta ellos. Por eso abrió los ojos y se le fueron revelando los colores y las formas; lirios blancos y azules, rosas y amarillos, todos hacían bailar sus pétalos atrevidos o serenos, y también floreció su primera sonrisa. Y en el brillo de esa sonrisa y de sus ojos se inspiró el infinito para modelar el alma.
            »Sus primeros pasos fueron tempranos, inseguros pero valientes. Tantas sensaciones encendieron su imaginación, previamente como la luz de un lejano faro que le alcanzaba a ráfagas; después, como un amanecer contándole sobre un horizonte que nunca se apagaba porque contenía todas las luces y ella podría verlas si aprendía con el corazón. Y conoció las palabras y practicó con ellas hasta entender que era posible abrazarlas en una  armonía y esa armonía eran las ideas. Viajó con ellas y se enteró del mundo, y se enteró de que era un regalo. Le hablaron los mares, sabios, porque escondían los misterios de las profundidades, la caricia de muchas orillas y un amor en cada puerto. Compartió secretos con las montañas, mientras sus bosques le enseñaban que perderse era la manera de dibujar nuevos destinos. ¡Ay esos ríos! Rápidos y descarados, ingenuos como ella y siempre con prisa. De ellos aprendió que corriendo es imposible no olvidarse de algo, pero no conviene volver porque lo importante nunca se queda en el camino.
            »Practicó idiomas. Ese con tantas consonantes del león y del tigre. Los insolentes monos le enseñaron muchas maneras de reírse y el lenguaje de los signos. Con el águila descubrió que se puede hablar con la mirada, y en ella quedó fijada la promesa de prepararse para volar. ¿Cómo sino conseguiría aterrizar después de cada sueño? Y del perro entendió el verbo amistad, que no es un verbo pero enseña cómo se conjuga querer en el modo incondicional; conoció a uno vagabundo, un poco golfo pero son los que mejor educan porque ya han estado donde quieres ir, y se dejó adoptar por él.
            »Un día volvió de lo leído y entonces empezó a escribir su vida, ya estaba preparada para caminar junto a los de su especie, los más complicados. Intentaron confundirla, involucrarla en sus accidentados tiempos llenos de problemas creados por no saber apreciar que en lo más sencillo vive lo valioso. Pero no lo consiguieron porque ella había orientado ya la dirección de sus sentidos hacia todo lo que necesitaba. Le hablaron de pasados oscuros y futuros inciertos, pero no les creyó porque ella llegaba enseñada de que antes de cada presente hubo otro presente y ya se vivió sin pensar en cómo llegar a este; y después vendrían otros presentes en los que tampoco merecía pensar, porque cada siguiente de esos otros presentes siempre es la continuación de lo que se aprende en el único que nos pertenece, y no de cómo se pretende vivirlo sin haber vivido por preocuparse pensando en él.
            »Cuenta la leyenda que no la creyeron, pero también cuenta que todos podemos ser esa niña si aprendemos a creer.

            El anciano abrió los ojos y se enfrentó a la embriagada mirada de ese pajarillo del que tanto amaba su canto. Le abrió la puerta y sonrió feliz al verlo volar.

Oscar da Cunha
24 de Enero de 2017 

sábado, 22 de octubre de 2016

Salvaje es el viento

Los primeros años de la vida son perezosos. A escondidas se le da la vuelta al reloj del pasillo para revisar que la pila sigue funcionando. Las hojas del calendario de la cocina acumulan una hipnótica grasa que las mantiene aburridamente estáticas hasta la desesperación. Se mira hacia adelante con ansia para comprobar con desánimo que, por culpa de esa maldita inercia, adelante aún sigue siendo demasiado atrás. Y a cada noche le sigue un nuevo amanecer, pero le sigue siempre con desgana y un bostezo de para qué me despiertas hoy que tengo fiebre. Durante esa temprana edad el tiempo también es un niño que se entretiene sentado jugando con un palito en vez de realizar la tarea que se espera de él, avanzar. Es un indolente que no pedalea hacia el futuro para encontrarse con lo que vendrá más tarde, no le interesa.
            Después, y bien pensado, es un estado de confort que se abandona y todo adulto termina recordando con nostalgia.
            Pero eso les ocurre a los demás. A todos los usuarios de la vida que no la comenzaron como nosotros, por ese lado donde apagaron las bombillas. ¿Pero quiénes eran los tipos como nosotros? ¿Quiénes éramos para los demás? Por suerte nadie se hizo esas preguntas.
            Recuerdo una fría mañana en la que nos dirigíamos a la escuela bajo un sol tan lejano como el calor en un beso no deseado de despedida. Amigo Imaginario caminaba más silencioso que la muerte y con la mirada por debajo de la tierra que pisábamos.
            —¿Sabes qué me preguntó ayer? —masculló—. Me refiero a ese, a Padrastro.
            —¿Qué?
            —¿Por qué no me llamáis Padre?
            Nos detuvimos. Yo contemplé cómo Amigo trazaba un circulo en el suelo con uno de sus zapatos y después levantaba la cabeza. Esperé su respuesta con una mirada.
            —Porque ya somos hijos del que tiene muchos nombres…
            Sentí un viento helado pero no me estremecí. No nací para temerle al frío.
            —…Y ninguno coincide con el de usted.
            También recuerdo que Madre empezó a ser cada día menos Madre y más esposa. Demasiado señora de Padrastro para nosotros. Sus besos más cortos, sus despedidas menos afligidas y sus bienvenidas fueron perdiendo brillo. Para Padrastro y ella empezamos a convertirnos en esa sobrecarga del tendido eléctrico que causaba una bajada en la intensidad de la luz dentro de aquella casa.
            Pero nadie que lleve el fuego dentro necesita luz que lo ilumine. Y el de Amigo Imaginario siempre fue más intenso. No descarto que fuera su primer amaño con las cartas, yo pensé que el As ganaba pero él insistió en que dos espadas eran más que una y gracias a eso consiguió el primer turno para salir del vientre de Madre. Y se llevó la parte que mejor ardía.
            Con la primera bofetada, Amigo Imaginario me dejó sorprendido, y cuando sus dedos se quedaron marcados en mi cara tras la segunda empecé a llorar. Luego vi cómo golpeaba su frente contra uno de los chopos del camino. Una vez, dos… hasta quedar medio aturdido. Sacudió la cabeza, se giró y pude ver, bajo su frente enrojecida y a punto de empezar a sangrar, esa sonrisa. Me pareció nueva en él pero llevaba la inmoralidad de lo que empezó antes que el hombre. Ese fue el primero de los días con el que se inició el ritual que precedería nuestra llegada a la escuela cada mañana. No tardaron los comentarios en empezar a recorrer las bocas del pueblo.
            Y entonces lo entendí.
            Mentir dejó de convertirse en un necesario calvario para convertirse incluso en un placer.

            Quien haya leído un poco de historia habrá podido comprobar que el mal es tan ligero en cambiar de bando como el peso de la pluma con la que ha sido escrita. Hay veces que no existe y todo se reduce a verdades opuestas que se enfrentan sin crueldad, pero eso sólo sucede en los cuentos para que los niños dejen de joder y se duerman. La realidad es diferente, porque fabrica verdades y mentiras con el fin de que no renunciemos a hacernos preguntas sobre cuál es la verdadera realidad. Hay quien opina que la verdad fue el comienzo y en él la encontraremos. Pero no nos engañemos, la actualidad llega a más público, y aunque hubo un tiempo en el que quién pegaba primero pegaba dos veces, todo cambió; ahora el mal se conforma con reír el último para hacerlo mejor. Porque la condición del individuo se ha vuelto tan trivial como una calculadora adquirida en un chino, y la primera vez que falla el botón de la memoria corre a comprarse otra.
            A veces pienso que en nuestro cerebro vive la versión defectuosa de un perro lazarillo, sólo sabe llevarnos al mismo destino aunque nuestras voluntades emprendan caminos opuestos. El de Amigo Imaginario a cada paso le producía más alegrías. Él miraba hacia afuera y los comentarios de los vecinos le fueron confirmando que falsificar los medios no implicaba que el fin también se convirtiera una estafa. Yo no conseguí dejar de mirar hacia adentro. Y los sopapos de Amigo dejaron de dolerme para comenzar a ser dolorosos cuando en la mirada de Madre entendí que había caducado su disposición para ver las marcas en mi rostro, cuando empecé a ser invisible para ella, tan sólo una falsificación del pasado que tampoco impedía que el futuro se convirtiera en una estafa.

            Compartíamos habitación y aquella noche también insomnio. La envergadura de Amigo Imaginario, excesiva para sus todavía mediados seis años, consiguió que su cama protestara al levantarse violentamente. Se tumbó a mi lado y en la oscuridad me giré hacia él.
            —Lo haremos mañana —me dijo con un susurro. Su tono denotaba alegría pero no le vi la cara, lo preferí. A veces los amigos imaginarios ocultan cosas horribles tras su sonrisa. Y aunque sabía de qué se trataba, ya lo he dicho, preferí no verla.
            —¿Por qué mañana? —Los muros eran gruesos, la puerta estaba cerrada, pero aun en la soledad de un monte perdido las conspiraciones no se comparten a gritos.
            —Porque hoy ya es tarde —repuso Amigo.
            —Puede ser otro día —intenté disuadirle aunque en el fondo no pretendía más que esconderme de mi propio destino.
            —Cualquier otro día ya será demasiado tarde —insistió—. Ahora te ha temblado la voz. Mañana veré como te tiembla el pulso. Y en adelante no podré confiar en que mantengas firme tu decisión.
            —Tengo miedo —prorrumpí.
            Amigo me tiró del pelo.
            —Mantenlo —me dijo al oído—. El valor persigue victorias, recuerda que nosotros buscamos una derrota.
            Nos despertaron las tinieblas, siempre son las más oscuras las que preceden al alba. Esperamos y esa fue la última vez que vimos un amanecer juntos. Pero no creo que ninguno de los dos lo hayamos añorado.
           
            Podría contar que aquel fue un día sin sol mediada una primavera que empezaba a colorear los campos. Que Madre nos despidió al marchar con una sonrisa que no tardó en borrar al darse la vuelta. Que los más cercanos compañeros de la escuela repitieron sus miradas compresivas al verificar que los moretones llegaban renovados como cada mañana. Que la maestra siguió pensando con qué fechoría nos los habríamos vuelto a ganar, pero quizás algún día dejaría de encontrar la excusa para continuar aplazando la visita a nuestra casa. Podría contar que aquel fue un día normal e incluso afirmar que lo llegué a confundir con cualquiera de los anteriores. Hasta que llegó su noche y me di cuenta de que jamás lo confundiría con los que vendrían después.
            Madre trajinaba con los platos de la cena. En la radio de la cocina sonaba "Wild Is The Wind", pero mi memoria no se conforma con la versión original de aquella época compuesta por Dimitri Tiomkin. Para mí todavía sigue sonando esa inigualable adaptación que con la voz de Nina Simone tardaría en aparecer casi diez años después de cuando se la esperaba. Lo siento pero no es un error y por supuesto que no intento justificarme por ello, nadie debería hacerlo. Si algo nos pertenece son nuestros recuerdos y todos tenemos derecho a introducir en ellos ciertos retoques.
            Padrastro leía sentado en una butaca de la sala. Nunca llegué a saber qué libro era, me consolé pensando que ya habría llegado al último capítulo y los agradecimientos que vienen a continuación suelen ser un coñazo.
            Con los años me he aficionado a la lectura. Hubo una época durante la que sentí especial atracción por aquellas novelas en las que se cometían crímenes, quizás buscando el nuestro, o tal vez procurado identificarme con alguno de los asesinos, pero me aburrí. La ficción es una chapuza comparada con la realidad. Incluso grotesca, tanto como un ridículo árbol navideño saturado de lucecitas y bolas de colorines en contraste con la sobriedad de un auténtico pino en la soledad de un monte. El escritor prepara la escena, la decora, incluso la estira, le añade tensión y se lo pone difícil al criminal. ¡Bah! No son más que recursos literarios porque el paseo entre la vida y la muerte es mucho más sencillo. Sólo es ese pino solitario.
            Llegamos por detrás, sin verle la cara, como deben cometerse lo más infames asesinatos. Él era un hombre alto y su cabeza sobresalía por el respaldo del sillón.
            Amigo Imaginario agarró con fuerza su pelo y tiró de él. Su navaja de afeitar que habíamos cogido del baño se deslizó con suavidad seccionándole el cuello de izquierda a derecha.
            Sólo un ligero detalle, el pequeño complemento de dos disparos.
            Frío, y el silencio del libro deslizándose por su regazo.
            Después ese molesto, ese impertinente restallido de platos rotos que llegaba desde la cocina.
            Y la apasionada versión de Nina Simone.

For we're creatures
Of the wind
And wild is the wind
So wild is the wind

Wild is the wind
Wild is the wind
Wild is the wind

Oscar da Cunha
22 de octubre de 2016

domingo, 11 de septiembre de 2016

Te Quiero Mucho

            A menudo tengo la sensación de que me pierdo demasiado de cuanto me rodea. Procuro poner atención a todo lo que veo y escucho, sin darme cuenta de que lo importante llega por sí solo, se abre camino entre el ruido de fondo y me encuentra. Es entonces cuando entiendo que quizá lo que me haya perdido… sobra. Porque en lo más sonoro, en aquello que se esfuerza por conseguir que se nos distraigan las atenciones no están contenidos los detalles. Esos pequeños detalles que fabrica la vida cuando la dejamos tranquila, cuando no nos preocupamos por cómo y con cuánta intensidad vivimos, y simplemente nos dejamos llevar por eso tan sencillo y que nos hemos empeñado en complicarlo, eso que se llama vivir.
            Es viernes y casi mediodía. Estoy en una ciudad de provincias, la mía. Esa que aún está rebosante de turistas que ya se mezclan con los que han terminado sus vacaciones y con los que todavía las estamos esperando. Y llueve. Y ocurre eso que tanto nos incomoda a todos los que circulamos en coche, esa manía que les ha entrado a los demás (porque siempre son los demás, los otros, y porque ninguno nos consideramos de más) por también tener coche, y utilizarlo para pequeños desplazamientos por no mojarse andando. Y eso en una ciudad con tres calles y cuarto y mitad de otra se convierte en un atasco, como una sobredosis de colesterol rodante que paraliza la circulación sin que esos medicamentos con forma de guardia urbano consigan restablecer un ritmo, un latido adecuado a las infraestructuras que ya se crearon pensando en un tiempo en el que todavía no hacían falta infraestructuras.
            Estoy en una punta, o tal vez sea un cómo de la ciudad y me esperan en la otra, u otro. El reloj me indica que ya llevan tiempo esperándome pero el teléfono me alivia porque no suena anunciando que ya se les ha acabado la paciencia. Sólo veo lluvia y coches, y sobre el único asfalto que percibo libre pone BUS.
            Delante mío, un tubo, uno más por el que se escapan los malos gases de las prisas de quienes conducimos, empieza a echar un humo que ensucia las gotas que no se resignan a dejar de caer, y no las culpo, porque siempre llueve a gusto de nadie. Y no lo pienso dos veces, o tal vez sí y eso me haga tomar conciencia de que yo también sea uno de esos demás.
            Aparco y camino, poco. Las distancias entre las paradas están adaptadas a esas personas que pueden caminar poco, y los que podríamos hacerlo mucho nos vamos acomodando porque sólo tenemos tiempo para ese poco, aunque luego los médicos nos obliguen a buscarnos espacios de nuestra agenda porque ha llegado ese momento en el que con los pocos no basta.
            Llega el bus y me subo. Saco un billete para la otra punta sin preguntar cuál. En una ciudad pequeña y con pocas puntas hay que tener muy mala suerte si coges un bus que no coincida con el que lleva hasta la que te diriges. Me siento y miro por la ventana. Entre la lluvia distingo ansiedad en las caras de los conductores, los que están atascados, los demás. También veo mi reflejo en el cristal. Es el reflejo de una cara relajada por haber tomado la decisión correcta entre llegar tarde o no llegar.
            A mi lado se sientan una mujer, su bolso y su bolsa con la compra. Huele a jazmín pero por la bolsa asoman puerros, ¿quién sabe?, llevo tantos años fumando que igual ahora los jazmines tiene forma de puerro. Es guapa, seguramente tuvo sesenta años mejores pero yo la sigo viendo guapa. Y viste con esa comodidad de la segunda edad y media.
            Suena un móvil y todos los pasajeros miramos el nuestro, pero es el suyo. No me debería interesar lo que dice, o quizá sí pero no me lo pregunto porque no puedo evitarlo. Yo no soy de los acostumbran a ir por la vida con esos auriculares para precisamente no escuchar la vida. No me cuesta deducir que se trata de la conversación entre un longevo matrimonio. Me entristece pensar que longevo es sinónimo de envejecido pero me alegra que también lo sea de perdurable. Ahora sé que las pastillas están el cajón debajo de la tele, no de esa no, de la de la cocina. Y que los jazmines con patatas son para la cena, y con ajos que son buenos para la circulación aunque no confío en que hasta la cena se mantenga el atasco.
            Durante la conversación conserva una voz dulce, una de esa voces de doblaje y en la película, la protagonista sigue enamorada de aquel muchacho que le prometió el cielo; y él, ahora ya jubilado, tiene más tiempo para continuar construyendo la escalera.
            Separa el móvil de su oído para acercarlo a sus labios y se despide con un prolongado susurro que no se me escapa: "Te quiero mucho".
            Ella me mira con una sonrisa y yo, debe ser por la lluvia pero mis ojos necesitan limpiaparabrisas.
            El bus llega a la última parada. En una ciudad pequeña y con pocas puntas hay que tener mala suerte para que no coincida con la tuya.
            Me bajo y la veo marcharse con sus jazmines bajo la lluvia.
            El autobús también se va, y entiendo que ese era mi verdadero viaje.


Oscar da Cunha

11 de septiembre de 2016

lunes, 15 de agosto de 2016

Arsénico por Bovary

            —Contemplar el balanceo de esas aguas azules empieza a ser con más frecuencia el único eslabón de la cadena que me mantiene unido a mi pasado. Y pasado, Chère Madame, es todo lo que soy.
            »La artritis avanzada ha convertido mi presente en una dolorosa supervivencia, y ante cualquier movimiento esta vieja y triste figura de porcelana amenaza con romperse.         »Mi futuro no consiste más que en un oscuro túnel al que realizo incursiones con cada vez mayor asiduidad, y la condena del alzhéimer cerrará la puerta de salida cualquier día y sin avisar.
            —¿Por qué puso el anuncio, Monsieur…?
            —Charles, Charles es suficiente. Verá, he tenido dos vidas, la segunda ha sido muy larga, a veces considero que demasiado y además un desperdicio. Sólo he sabido utilizarla para acumular dinero. Esa no me importa que se vaya disolviendo, incluso agradezco que se la lleve esa oscuridad. ¿Sabe? Todos mis esfuerzos se concentraron en amasar una fortuna que me permitiera volver a comprar la primera, pero fueron estériles. El tiempo es como un jardín de ambrosía, y la dulce fruta que ayer dejamos pasar, hoy, cuando volvemos, se ha transfigurado en un incesante reproche.
            —¿Y qué le decidió escogerme a mí, monsieur Charles? Ni siquiera indiqué mi nombre.
            —Lamento no tener un argumento más deferente, es usted la única escritora que se interesó, Madame…
            —Bovary. No creo necesario confesarle que es un pseudónimo. Pero ya me he acostumbrado tanto a él que… casi he olvidado mi auténtico apellido.
            »Sé que suena pretencioso para una humilde maestra de escuela jubilada hace ya… permítame la frivolidad. —Suspiró—. Y escritora de dos novelas que nadie quiso publicar. Pero la vanidad, Monsieur Charles, la vanidad es todo cuanto conservo.
            —Mis momentos de lucidez son cada día más escasos, Madame, y caprichosos. Sólo me atrevo a ofrecerle la vista sobre el océano desde este mirador a cambio de su paciencia. Mi asistenta se encargará en mi nombre de la remuneración que usted considere, además de una descortesía me parece una pérdida de tiempo que no me puedo permitir.
            »Algo me dice que mis nostalgias no sobrevivirán más allá de este verano. Y esas memorias de mi primera vida, la única en la que realmente supe lo que significaba palpitar, es cuanto considero imprescindible llevarme al otro mundo. Le prometo pasear mis palabras con su letra por la eternidad.
            »Nunca me casé, no. Después de ella jamás me abandonó la soledad. Cualquier pretensión de encontrar alguna semejanza con Emmanuelle, Emma para mí, rozaba el ultraje.
            »No podría afirmar cuándo la conocí, aunque sí recuerdo esa primera vez que la vi y supe que siempre la había esperado. Nadie en absoluto espera a lo desconocido. El brillo de su mirada hacía enloquecer de envidia al sol. Cada uno de todos sus movimientos confirmaban que ni en el nacimiento de la más bella flor la naturaleza fue capaz de imitarla. Y del tacto de su mano, cuando la cogía al pasear frente a la playa del mediodía, tomó nombre la seda.
            »¿No escribe apuntes, Madame?
            —¿Y usted, Monsieur Charles, necesita leer recuerdos?
            Esa fue la primera vez que lo vio sonreír.
            —Nos juramos y nos prometimos, nos entregamos y nos recibimos. Y empezamos a componer con cada latido de nuestros corazones la más bella melodía de amor que ningún oído humano haya imaginado jamás.
            »Pero me temo que por hoy me veo obligado a rogarle que acepte mis disculpas, Madame Bovary. Mi gastado cuerpo ya no consigue mantener el ritmo de mi alma. Si acepta podremos continuar mañana.
            —¿Tiene preferencia por algún momento?
            —Elija usted la luz que más le seduzca sobre el océano.

            Mañanas, cuando no tardes de aquel verano, se fueron deslizando por delicados fragmentos de poesía sobre los jóvenes Emma y Charles. Como el romance perfecto que mantienen la línea del horizonte marino y el cielo. Como ese baile interminable entre la brisa y el cabello de los tamarindos. Como sólo la vida, cuando decide volverse generosa, regala exquisitos momentos de gran intensidad pero los reduce a un periodo con horas escatimadas en cada día.

            —Recuerdo aquella solitaria madrugada en la estación. París iba a iluminar nuestro nuevo escenario y satisfacer mis anhelos por progresar. Le hablo, Madame, de un tiempo en el que las oportunidades paseaban por las calles de la ciudad de la luz mientras se olvidaban de este pequeño rincón del mapa con olor a sal, que es como huelen las lágrimas. Allí conseguiría amarla entre candilejas doradas, bañarla en perfume de estrellas y vestirla con burbujas de champagne.
            »Esperé con mi maleta en una mano y la otra asida a la barandilla del vagón. Desesperé tras el último pitido anunciando que el futuro comenzaba a rodar; y camine, aún sin decidirme a subir, junto a esa máquina del porvenir que lentamente iba cobrando velocidad.
            »Emma no llegó. Desde el tren fui perdiendo de vista la solitaria estación. Desde aquellas escalinatas del último furgón vi cómo iban quedando atrás las promesas, los besos que ya no volverían, los años acariciando ese cielo que se había despedido de mí sin despedirse. Sin ese último adiós que poder guardar con el doloroso consuelo de una explicación.
            »Y nunca volví.
            »Podría haberla escrito, incluso regresar para entender su renuncia. Primero fue el orgullo herido, después esa llaga se fue acostumbrado a mi destierro y aprendí que era yo quien me había condenado. Aún hoy la conservo, y en ella sufro al reconocer que mi tiempo perdido ya no admite búsqueda. Aquel no fue el primer amanecer de mi segunda vida, todavía sigo sin entender esos instantes en los que decidí enterrar la primera emprendiendo un camino por cuya derogación todavía no he consumido el último suspiro.

            Madame Bovary tampoco volvió. El manuscrito mecanografiado, una carta y una rosa marchita aguardaban el amanecer en la puerta. Sin llamar.

            "Charles, amor mío. Sé que no te sorprenderá comprobar que haya preferido entregarte estás letras escritas a cambio de palabras susurradas al oído. No se puede desandar una vida y salir ileso. El tiempo de los jardines llenos de color pasó, y de nosotros no puede quedar sino el recuerdo de dos flores consumidas. Te devuelvo la mía, añádela a tu viaje por la eternidad.
            Te confirmo que yo tampoco me casé, nadie se merece que le entreguen un corazón roto y un alma sólo dispuesta a vagabundear por su propio pasado. Para sentimientos tan hermosos no hay segundas oportunidades. Dice esa habanera inmortal que la marea viene y vuelve, pero tú que observas el océano sabrás que las aguas siempre son distintas.
            Me he permitido concluir ese testimonio tuyo incompleto con esta carta, creo que era lo que durante más de cincuenta años has estado esperando. Navega en ella, viejo amor. Navega hasta el infinito que siempre buscaste, y cuando hayas perdido de vista el Norte no vuelvas la mirada porque es mentira que exista un Norte, como también lo es que exista un Sur. Únicamente existen lágrimas en nuestro camino, y no te preocupes, la rosa de los vientos es caprichosa y las sitúa derramándose en cualquier horizonte.
            Sí acudí a la estación aquella madrugada, aún no sé cómo entre tanta pasión se nos entrometió una espina. Tú buscabas el éxito, yo ya te había encontrado a ti. París no me pareció más lejano que el parque de las adelfas del pueblo, pero en tú mirada de nuestros últimos meses empecé a sufrir la distancia de tus ilusiones.
            Ya había decidido que poco importaba ese tren o el mismo del siguiente día si ese destino servía para compartirlo. Te vi dudar esperando y yo esperé a que te liberases de tus dudas. Sentí tu desesperación cuando agarraste la barandilla del vagón y la soltaste al no verme. Después me desesperé cuando la esperanza escogió que te subieras al tren sin mí. Hubiera bastado una renuncia tuya para que yo te obligara a no renunciar. Mi maleta esperaba en casa, tan sólo a cambiar de madrugada, tan sólo a ese… contigo. Una madrugada más, amor mío, una madrugada más esperaba de ti. Y no me la concediste. La vida es ese tren que se marcha con nuestros errores mientras se nos rompen los sueños.
            Tan sólo una renuncia y la siguiente madrugada…
            Ahora sólo te debo un beso de despedida, pero no lo necesitas, tú ya aprendiste a viajar con deseos debidos."
Mme  Bovary
"Emma"
           
            Charles apretó contra su pecho el manuscrito y la rosa marchita. Una mirada final al océano y todavía podría volver a navegar por la carta. Aún le quedaba tiempo para el último romance posible, tinta y lágrimas. La enfermedad no le iba a robar sus recuerdos, y el arsénico le concedería esos sublimes minutos.

Oscar da Cunha

15 de agosto de 2016

domingo, 31 de julio de 2016

Entrescrita

      Lleva mucho tiempo insistiendo con la propuesta, y he de confesar que en esas distancias cortas, tan cortas… Bueno, ya me entendéis. Todos nos hemos preguntado en qué miedo nos hemos vuelto valientes. ¿A que cuesta responder?
            Lo cierto es que no hilo muy fino buscándome una excusa y la única que soy capaz de conseguir sacarme del bolsillo es que ando un poco tímido, pero a él no le puedo engañar. Por eso sigue insistiendo. Ahora sé por qué llevamos tantos años soportándonos.
            —¡Venga, que serán sólo unos minutos! Un par de preguntas.
            Y le veo esa sonrisa, la conozco y sé que no la pasea si no le sale de las entrañas. Es un farsante esperando recibir el máster de sinvergüenza (si es que no lo lleva ya escondido bajo la manga), pero es incapaz de mentir con la mirada brillante.
            —Mira —Señala—, podemos hacerla en esa mesa de la terraza bajo los plataneros. Ya sabes, tu oficina de verano.
            Contemplo el cielo para ver si me echa una mano, pero cuando luce azul nunca llueve.
            Y enciendo un pitillo. Lo compartimos.
            —Tenemos que dejar de asfaltarnos los pulmones —me dice—, no creo que nadie vaya a circular por ellos.
            Lo cierto es que fumar en verano y al aire libre carece de embrujo. Tal vez sea eso lo único que me guste del invierno. Esos tempranos anocheceres que las horas convierten en madrugadas, y dentro de mi despacho, entre la niebla (no os molestéis en decirme que suena pretencioso, pero me parece vulgar considerar que es sólo humo después de lo que me esfuerzo por convertirlo en bocanadas de imaginación), consigo que la vida me salude una vez ya emancipada de la realidad. Que los libros que abarrotan hasta la última de las esquinas conserven todas sus palabras pero lleven mi nombre de autor. Y que esa brújula que renunció a señalar el Norte tenga razón.
            P—Antes has hablado de miedos. —Empiezan los disparos—. ¿En cuál descubriste tú que te volviste valiente?
            R—Todos somos valientes, lo vamos descubriendo con las pruebas a las que nos somete el camino. La mayoría no imaginamos ser capaces de enfrentarnos y superar determinadas situaciones hasta que nos enseñan los dientes. Pero lo conseguimos. Lo terrible es descubrir en qué miedo te volviste cobarde.
            P—¿Intuyo que no has sido capaz de superar alguno?
            R—Sí, uno que se llama soledad. Y no hablo de esa soledad que todos buscamos en ciertos momentos, esa soledad que en el fondo es acompañada porque decidimos cerrar una puerta cuando depende de nosotros volverla a abrir.
            »Yo me refiero a otro tipo de soledad, como la de volver huérfano a casa una noche y pensar que durante las siguientes, entre las posibilidades, está la de enfrentarte a un tiempo agotado, condenado a vivir en un recuerdo que ya no tendrá futuro. Y entonces te das cuenta de la gran cantidad de vida que no podrás recuperar. Si una vez te regalaron un verdadero amor hay que conservarlo. En eso, lo de las segundas oportunidades es una estafa.
            P—Ahora me viene  a la cabeza una frase que leí de Paul Auster: "Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad."¿Cuántas de tus heridas se esconden en las realidades que escribes?
            R—Mira, siento por Paul Auster una admiración que se pelea con la envidia, pero para serte sincero esa frase me parece una chorrada.
            »Unos más que otros (y siempre hay algún bienaventurado que cayó por aquí con suerte o con la desgracia de haber nacido descafeinado), pero nadie se va librando de las cicatrices que supone vivir. Aprendes a andar para dejar de sangrar por las rodillas o la nariz, y a partir de ahí empiezas a entender que de esta no va a salir ileso. Luego te vas relacionando con otro tipo de heridas, son las que peores cicatrices dejan porque no se ven. A veces no sabes qué las produjo ni si pudiste hacer algo para evitarlas. Pero cuando llegas a descubrir que jamás podrás desentenderte de ellas estás pagando el peaje de la autopista en el sentido correcto, ya que quizá tampoco convenga olvidarlas porque con esas estocadas del pasado vamos aprendiendo a esquivar las que en un paquetito certificado con nuestro nombre nos tiene reservadas ese señor vestido de cartero que se llama futuro. Viajar herido es equivalente a vivir, y  escribir no te concede esa exclusiva. Están los que se dedican a crear otras realidades componiendo música, pintando o buceando en una botella de tinto de verano. También conozco a quienes insistiendo en fingir frente a los demás terminan convenciéndose ellos mismos. Cada uno se lame como puede. Y hay una variedad, para mí son gigantes, son los que se entregan ayudando pese a que sus propias mutilaciones sean mayores, al dolor ajeno es al único al que le conceden sus lágrimas. A esos sí que los admiro, yo no pasé de la talla media, la más vulgar.
            »Respondiendo a tu pregunta: Muchas. Y a menudo yo mismo me voy descubriendo, cuando entre líneas veo espinas que debieron clavarse en su momento y no imaginé que dejarían tanta huella en la piel. Nuestra naturaleza es sorprendente, grandes golpes que piensas que te van a acompañar durante toda la vida se disuelven convirtiéndose en exiguas anécdotas casi perdidas en la memoria, pero hay insignificantes detalles… jeringuillas de aguja corta que te inocularon un veneno con efecto retardado. Y un día te encuentras imposibilitado de terminar con un picor que no recuerdas de dónde ha salido, eso te enseña que las piedras más peligrosas del camino son las pequeñas, las que despreciaste con un puntapié pero te juraron venganza.
            P—Para terminar…
            —¿Otra pregunta? Al comienzo dijiste que sólo serían un par y ya lo hemos superado.
            —¿Seguro? Luego revisamos el texto.
            —Venga, dispara que tengo que pasear al niño.
            —Tú no tienes niños.
            —Vive en mi cabeza, nunca le dejé marcharse, nadie debería hacerlo. No se trata de seguir mirando bajo la cama antes de acostarse, lo interesante radica en invitar al fantasma a salir y animarle a que te cuente historias, suelen saber muchas. Llevar siempre el Photoshop en la mirada y retocar el mundo para que duela menos. Sonreír dándole la espalda a ese empeño que tiene la vida en disfrazarse de tan difícil como se nos muestra. Disfrutar de cada momento como si el futuro fuese algo que puedes dilatar a voluntad, porque si algún día llega es mejor no obsesionarse, para entonces podrás tener dentadura postiza, y con sólo dejarla cada noche bajo la almohada ya se encargará el ratoncito Pérez de dejarte una pasta. Y sobre todo, no permitir que nadie te cuente quienes son los Reyes Magos. Porque para el niño la ficción es muy manejable y todo consiste en convertirla en verdad dentro de una gran mentira. Ningún niño se busca para encontrarse, no se molesta, bastante divertido resulta ya jugar a crearse a uno mismo.
            »Y ahora revisa tú el texto, que para algo te permito que ocupes mi imaginación. Cuenta las preguntas y procura no darme la razón. Me preocupa el día en que nos pongamos de acuerdo.

Oscar da Cunha
31 de julio de 2016

viernes, 15 de julio de 2016

Ya que no lo es… que lo parezca.

  Camino despacio y no estamos para desperdicios. Acaba de salir el sol y sé que decidirá tomarse su tiempo antes de volver a dejarse ver. Ya va avanzando el mes de julio, pero en esta esquina del Cantábrico, los que lucen bronceado vienen de afuera. De cualquiera de esos afueras en los que verano es sinónimo de: ¡Qué bien se está en la sombra!
            Tengo los deberes del día terminados, o sea que a medias, y eso para mí hoy es lo mismo.
            Son las… bueno, hoy también da lo mismo, el caso es que por aquí hay unas horas durante las que los comercios echan la persiana asumiendo que sus clientes prefieran una siesta a revolver entre sus estanterías antes de salir huyendo, el pretexto del mal clima también afecta a esas tiendas donde antes comprobaban si la bombilla alumbraba previamente a  envolvértela.
            La calle está en silencio hasta que los primeros compases de ese ritmo escapan por una puerta. Me paro, sólo unos segundos y miro. Me sorprende que no sea un chino —esos no cierran nunca—, se trata de un bar y mi desvergüenza no me da para contonearme en mitad de la acera, aunque sólo me mira un perro que sonríe porque también debe ser de mi década, y recuerda cuando algún amo bailaba con él ese Billie Jean que no hemos tardado en reconocer.
            Ya no consigo parar mis pies y entro. El barero se apoya en la barra, es lo que tiene más a mano para no caerse por la risa ante mi extravagante imitación de Michael Jackson.
            —¿Qué tomas? —consigue preguntarme entre carcajadas.
            —Eso. —Y señalo la pantalla. Que ha dejado de ser uno de esos cristalitos por los que nos asomamos a esta mierda de vida y donde ahora lo veo a Él, y también compruebo que yo no pasé por esa edad con la idea de no volver.
            —Era un artista único —me dice.
            —Lo sigue siendo —le suelto—, los artistas nunca mueren hasta que nosotros les acompañamos. Sería una crueldad pensar que nos van dejando solos.
            Quiero compartir el momento y llamo a mi mujer. Estará a la vuelta de la esquina, porque no sé cómo lo hace pero siempre está a la vuelta de mi esquina.
            —¡Ven! —y le cuento.
            —¡Voy! —y me responde. Su voz suena animada a través del teléfono—. Estoy a la vuelta de la esquina.
            El local se encuentra vacío, aprovechando ese entreacto entre los últimos vermús y los primeros cafés. Josema (ya nos hemos presentado al descubrir que las canas que nos repartimos no son más que ese camuflaje que utilizamos para fingir que la vida nos ha enseñado a ser más humanos) también abandona la barra, y ya somos tres los que intercambiamos sonrisas viajando hasta un tiempo que tal vez no fuese mejor pero llegamos a conseguir que lo pareciera.
            El video termina pero Josema lo repite una, dos veces…
            Al cabo entra un cliente. Debe ser un habitual de piedra que reclama su carajillo con sangre y pide que le pongan el informativo, ese que hoy, otra vez para variar, nos sacude con las imágenes de más de ochenta inocentes cuyos corazones todavía seguirían palpitando si a un verdugo no le hubieran tachado la palabra convivencia de su diccionario.
            No lo quiero ver, y con un gesto me despido de Josema. No estoy dispuesto a seguirles el juego a esos fanáticos, conmigo que no cuenten para vivir con miedo ni para malvivir con odio.
            Me siento en el coche y recuerdo que tengo el mismo disco. Lo introduzco en esa ranura dentro de la que debe de vivir un señor que se encarga de que la canción repita, y miro al cielo. Michael Jackson está actuando en directo y todos imitan esos pasos en los que parece que no hay suelo, le han encargado convertir la eternidad en un baile.
            Se me escapa una sonrisa torcida, pero quizá no soportaría este mundo sin mi imaginación.

Oscar da Cunha
15 de Julio de 2016